Chandelier (o La Inesperada Virtud de la Ironía)

Una de las cosas que me encantaba escribir en este blog eran los rankings con las mejores películas del año. Lamentablemente se me ocurrió la loca idea de hacer un doctorado en los USA y, con eso, comprometí todo mi tiempo a una causa noble y rebelde. Tiempo para al cine no había. Pasé años en la desdicha, mirando como el calendario se acercaba al final de Diciembre y yo sin post que ofrecerles. La gente me llamaba para preguntarme qué onda, el New York Times no sabía qué película recomendar, el pelado del Septimo Vicio tuvo que dedicarse a escribir libros (le quedó rebueno en todo caso), a Netflix no le quedó otra que producir contenido original y los videoclubes del mundo entraron en banca rota.

De las mil cuestiones que han pasado acá en Austin y que no les he contado de puro mala onda, quizás la más importante es que me cambié de casa. Y me cambié a cinco cuadras del cine más genial de la historia de la humanidad. Eso, sumado a que caché que Amazon prime (envidienme tercermundistas! jejeje) igual te permite ver peliculas, hizo que este 2014 viera las suficientes peliculas como para tirarme uno de esos rankings de aquellos (aunque con ciertas limitaciones que explicaré cuando sea el caso). Por muchos días me senté frente al computador para dar rienda suelta a mi imaginación y sorprenderlos con un regalo de Navidad que no se esperaban y que seguro agradecerían.

Pero no me resultó.

Por más que lo intenté, tropecé frente a la pantalla blanca reiteradas veces.

Había algo en mi mente que no me dejaba tranquilo. Película que se me venía a la cabeza era immediatamente desplazada por imagenes de una niñita de 11 años bailando irracionalmente en una habitación desolada.

Y, un poco para enterrar el demonio y poder quizás tirar el ranking en un próximo post, debo confesar algo. Discúlpenme cinéfilos del mundo, pero lo mejor que vi este 2014 no fue una película, ni una serie ni una obra de teatro. Fue el video musical de la canción Chandelier de la talentosa Sia.

Para el que no lo ha visto, acá le va:

Había escuchado la canción y me gustaba. Super pop, pero igual densa. Sia, un poco autobiograficamente, hablaba sobre sus addiciones al alcohol y drogas y que se sentía morir y bla bla bla. Lo típico. Buena la canción, pero tampoco era para tanto. Después de pura casualidad me topé con el video en youtube y me dejó profundamente impresionado. Creo que estaba tan impactado que lo vi unas 10 veces. Una tras otra. Sin parar.

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No voy a decirles lo obvio. Que la escenografía es hermosa, llena de detalles que gastaría horas en mencionar (las pinturas terroríficas en las paredes, los mensajes escritos en los cuadros, la figura estilo test de Rorschach en la ventana, el baño que nunca muestran, los adornos en el refrigerador y un LARGO etc… si con decirles que es PRIMERA VEZ EN MI VIDA que busco un video en HD a proposito, antes de Chandelier la alta definición me era innecesaria). O que la niñita (Maddie Ziegler, quien sale en un reality de niñitas bailarinas por acá en USA) es una bailarina/actriz de otro planeta, que hace ver una coreografia enfermantemente meticulosa como si la estuviera improvisando. Tampoco quiero detenerme en la calidad de la fotografia, que no sólo es bella si no que te transmite esa sensación de esa habitación tocó fondo y que se inunda en vómito y lágrimas, ni como el director se las ingenió para hacer creer que fue filmado todo el video en una sola toma. Quiero detenerme en otra cosa, en lo primero que pensé cuando lo vi.

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Si bien es cierto que la interpretación más obvia del video es que Maddie representa a Sia y, por medio del baile, nos muestra todos sus miedos, traumas y adicciones. Esa no fue la primera interpretación que vino a mi cabeza. Lo primero que pensé fue que estabamos presenciando a una niña que se ve obligada a ser adulto. Una niña que fuerzan a bailar, una niña que concluye su performance con reverencias falsas y sonrisa maqueteada. Una niña que se burla de los movimientos que le hace hacer su instructor, que se mofa del 1, 2, 3 que debe escuchar repetidas veces y que en la soledad de su habitación se sale de lo reglamentario. La infancia de una chica es destrozada por la adultez de nuestro mundo, por esas expectativas que la sociedad tiene sobre ella y que, como niña, no puede ni tampoco debería cumplir. Una niña que le impiden comer para que sea bella, que la obligan a practicar horas para bailar perfecto, que la hacen vivir en la inmundicia para que traiga la riqueza.

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En el video la niñita llora, come, sueña, se ilusiona, sufre, gruñe, ríe y hasta incluso intenta suicidarse con las cortinas (incluso se despide). Y nosotros estamos ahí mirandola. Somos la audiencia. Somos lo que prendemos el televisor para ver realities donde obligan a niñitas a bailar. Somos los que si alguien nos describiera ese traje de danza desnudo y esa peluca rubia immediatamente sexualizaríamos nuestro pensamiento en vez de pensar en la inocencia de una niña. Sia usa el mismo objeto que está criticando para criticar. Sia, eres muy bakan.

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Mañana SIA lanza su segundo video correspondiente a este disco. Con la mismísima Maddie bailando (y parece que acompañada de Shia “el carnivoro” Labeouf, pero eso tengo que confirmarlo). Ojalá no sea tan bueno. Quiero terminar mi ranking!

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Interstellar (sin spoilers)

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Sábado por la noche. Alamo (cine cool de Austin). Me las ingenié como siempre para llevar a un par de buenos amigos a ver la película que me moría por ver: Interstellar. El trailer no me tincaba mucho para ser sincero, pero qué diablos. Es Cristopher Nolan. HAY que verla. Además la protagonizaba Matthew McConaughey, ex-alumno de mi querida Universidad de Tejas en Austin e ídolo personal de cualquier ser humano que se precie de tal, y Jessica Chastain, la mujer que junto a Jennifer Lawrence han revolucionado los último años del cine consiguiendo los grandes papeles que se les solían reservar sólo a los hombres. Pedí una hamburguesa (no lettuce, add avocado) apenas empezó la película. No había almorzado y mi estómago rugía. 2 horas y 46 minutos después la película terminaba con un “directed by Cristopher Nolan” en mitad de la pantalla más óscura que he visto y mi hamburguesa permanecía intacta. Quedé pasmado en mi asiento durante todo ese tiempo. Creo que fui capaz de mover un brazo sólo para secarme las lágrimas que invadieron mis ojos en un par de momentos que no detallaré para no estropearles la emoción.

¿Cómo empezar comentando esta maravilla? Quizás deba comenzar con aclarar que esto es, obviamente, otro Nolanazo. Astuta, meticulosamente planeada, innovadora, atrevida, algo que nunca antes has visto. En ese sentido el mismo sabor que Memento o Inception dejaron en el paladar de todos los cinéfilos. Interstellar tiene además una bellísima fotografía, carismáticos personajes, actuaciones sobresalientes (McConaughey, Anne Hathaway, Chastain, Casey Affleck, Michael Caine, Matt Damon, etc),  música de Hans Zimmer (El Rey León, Gladiador, Inception) y efectos especiales de primera línea. Pero esta película tiene algo más, algo que las otras películas de Nolan no tenían. Esta película tiene corazón. Nolan, quizás confiado que ya nos tiene a todos en el bolsillo después de tanto hit e incluso renovar magistralmente una franquicia (que se creía intocable) como es Batman, decide arriesgar  y, por primera vez, dejar su alma en una obra que perdurará en la historia por su perfección técnica, pero a la vez, por su hermoso, profundo y por qué no decirlo, sensible mensaje.

Esto es ciencia ficción, no les voy a mentir. Todo parte de la base que los hoyos negros tienen propiedades espacio temporales muy extrañas que los físicos llevan estudiando por décadas y que son la última esperanza para una raza humana que se está extinguiendo. De ahí en adelante el guión se construye lógicamente y de manera sólida. Ir a ver Interstellar dudando de la existencia de viajes espaciales y hoyos negros pues es como ir a ver Harry Potter con la idea de que la existencia de magos es poco realista. Todos sabemos que es así, pero la idea es creerselo para disfrutar la película. He leído muchas críticas a Interstellar y la mayoría la compara con 2001 Odisea del Espacio o Gravity. Comparaciones que, a mi juicio, no tienen ningún sentido. Interstellar es una idea completamente distinta. Si me pidieran compararla con algo sería con The Tree of Life de Malick o El Aleph de Borges. Esto es sobre la relatividad del tiempo y la posibilidad de que todo existe en todo momento en todo lugar.

Nolan plantea que existen dos tipos de instintos de supervivencia. Uno es, por supuesto, el instinto que tenemos para luchar por nuestra vida a cómo de lugar. Pero también existen personas que luchan por algo más que sí mismos, que son capaces de esquivar la muerte porque tienen a alguien que aman y desean proteger. Cada una de las escenas de la película muestra (algunas de manera más explícitas que otras) la dicotomía entre estas dos formas de sobrevivir y la importancia del amor cuando nos acercamos a la muerte. El mensaje que deja es tan potente que es difícil salir del cine sin sentir el mundo de otra manera. En lo personal me noqueó emocionalmente y no pude dejar de comparar el viaje interestelar de McConaughey con el viaje que yo mismo estoy haciendo al dejar mi planeta, mi realidad original, por un futuro que creo superior y más noble.

Yo les aconsejo que vayan a verla y la disfruten mucho. Dejenle a otros el estúpido debate de si es realista o no, cuantas leyes de la física se rompieron en favor del guión y por qué Nolan no siguió las directrices de 2001 Odisea del Espacio que, a juzgar por la crítica (que obviamente saben con mucha mayor precisión qué era lo que pasaba por la cabeza de Nolan que el mismísimo Nolan), es lo que debería haber hecho. Interstellar exige una lectura que está un nivel más arriba y requiere el compromiso más profundo de parte del espectador. Yo les aconsejo amigas y amigos, que vean esta película con el corazón. No serán defraudados.

Ya en casi nada creo

Hoy 17 de Septiembre del 2014 debo confesar
que ya en casi nada creo.

Ya no creo en la humanidad, ni en el futuro, ni en wikipedia, ni en la copia feliz del edén.
Ya no creo en Dios padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra.
ni en Jesucristo su único hijo, nuestro señor.
Ni siquiera en mí creo.
Ya no creo en que los errores puedan ser heterocedasticos y que eso que estoy pensando se distribuya normal.
Ya no creo en el offside, la poesía detrás de una rabona ni en un Chile campeón del mundo.
Ya no creo que Milo te hace grande.
Ya no creo en la melodías de los solos de violines de prodigiosos músicos checoslovacos,
ni en la voz áspera de Violeta,
ni que Juan Luis Guerra realmente quiera ser un pez porque dudo seriamente en que alguien dejaría de ser una leyenda de la música latina forrada en plata y talento para convertirse en un aburrido y resbaloso pez.
Súbitamente dejó de interesarme la literatura.
Ayer estaba inmerso leyendo mi libro favorito y
de repente las palabras se convirtieron en eso,
sólo palabras.
No había magia,
sólo un papel con trazos de tinta sin orientación aparente, mirándome.
Dejé de creer en el reciclaje, el pronóstico del tiempo y el contenido nutricional de todas las cajas de todas las estanterias de todos los negocios del mundo.
Dejé de creer en la raza humana cuando hace 19 años un niño me dijo que comiera no más la galleta que tenía en la mano porque estaba requete buena y después que la masqué resultó que era comida de perro y que no soy un perro, así que no me gustó.
Dejé de creer en banderas cuando me di cuenta que si uno entrecierra el ojo derecho y frunce la mirada como si fueran dibujitos 3D, no hay ninguna diferencia entre la de mi querido Chile y la de mi querida Tejas.
Deje de creer en la ciencia, en las artes, en la ingeniería y en el factor de seguridad con el que diseñaron el edificio donde me encuentro ahora mismo escribiendo.
Ya en casi nada creo.
Pero hay algo en que todavía creo.
No necesito países, gobiernos, sociedades, arte, ciencia, chocapic, dinero, historia, palabras, futbol, ni música para creerlo.
Una sonrisa.
Me basta ver una sonrisa para cambiar mi mundo.

El mundial y USA (destruyendo el mito)

Cuando llegué a Estados Unidos venía con muchos prejuicios, quizás demasiados. Tenía esa imagen de estar entrando a la capital del Imperio capitalista y que la gente era media tonta y  me iban a discriminar como si fuera un monito. Sin embargo no es nada así. Es cierto, sigue siendo la capital del imperio (pero para mi sorpresa Chile es más capitalista que Estados Unidos), siguen teniendo una política internacional que se escapa de cualquier comprensión humana, hay un par de personas tontas (como en todos lados) y yo parezco monito. Sin embargo, USA ha sido un país que me ha acogido con cariño y al cual le estoy muy agradecido. Sus políticos les cuentan mentiras, igual como nos cuentan a nosotros nuestros políticos, y justifican todo con esta idea del American dream, pero el ciudadano norteamericano, en general, es una persona justa, honrada, amistosa y buena onda.  Lentamente me he puesto medio gringo/mexicano. Ya no siento que la comida sea picante, me gusta mucho el desayuno, aprendí cómo se jugaba el football y hasta he cantado el himno.

(Me obligaron a aprenderlo en el colegio y cuando uno es niño mateo hace cualquier cosa por una nota)

(Aparte la canción tiene una bonita subida que me queda cómoda y aprovecho de lucir mi calidad vocal)

(Y la letra es bonita… y sería preciosa si fuera verdad)

(Igual hay que decir que yo encuentro espectaculares letras hasta en las canciones más ridículas…)

(“Planta una semilla, planta una flor, planta una rosa / Puedes plantar cualquiera de esas / Cuídalas / Cuídalas hasta ver cuál es la que crece / Es un secreto que nadie conoce / Es un secreto que nadie conoce / Mmmmbop / ba duba dop” )

(Es broma. No he cantado el himno jajaja. Quería puro verles sus caras. Me da pudor el sólo hecho de sabérmelo, ni me imagino cantándolo)

(Pero es verdad que me lo sé por culpa del profe de inglés del colegio)

(Y que tiene la subida bonita)

El mito más grande que he derribado en estas tierras es esa idea de que a los gringos no ven el mundial. Bueno, voy a ser muy sincero. Los gringos no están ni ahí con el futbol… pero están locos por el mundial. Antes del mundial todos se burlaban cuando les comentaba que yo jugaba futbol todos los sábados en la mañana y que mi fanatismo era tal que incluso tenía un equipo en el campeonato de la universidad. En Estados Unidos el futbol es un deporte de niñitas. Los niñitos juegan football y las niñitas soccer. Así de simple. Más de algún gringo me tiró la talla “ah buena… mi polola también juega eso” o “el equipo de mi hermanita chica está buscando rivales…” mientras ellos se vanagloriaban de disfrutar ese deporte tan rudo de pantalones apretados y hombreras a lo locomia. Como todo católico que se precie de tal, yo daba la otra mejilla y me aguantaba las bromas.

(Mentira. Los leseaba con que deberían cambiarle el nombre porque no es ni pelota, es un huevo, y además no se juega con el pie, se juega básicamente con la mano)

(Aparte ni soy católico)

Sobreviví casi dos años jugando y disfrutando mi futbol en este ambiente, en un principio, hostil. Entre medio conocí un par de gringos que seguían a su selección en las eliminatorias y por supuesto, infinitas personas de otros países que se enloquecían con el futbol igual que cualquier chileno (excepto el Jopi). Hay que decirlo, USA es el único país que no goza del futbol. Y sí, es cierto también, conocí a muchas gringas que jugaban a la pelota con una clase y talento que yo jamás podré igualar (y la mayoría de los amigos peloteros que tengo en Chile tampoco). Hasta me tocó jugar contra equipos de hombres que incluían un par de mujeres (totalmente permitido, incluso en los campeonatos).

La cosa es que llegó el mundial y los gringos enloquecieron (ver acá). Se llenaron de comerciales de futbol, la gente se apelotonó en los bares a la hora de los partidos, en mi departamento (el de ingeniería civil) habilitaron una sala con butacas (sí, leyó bien, butacas, na’ que sillas mulas) y pantalla HD que muestra todos, absolutamente todos, los partidos. Y no sólo eso, como que un día para otro todos los gringos se saben las canciones de su hinchada, saltan, gritan y proponen futbol como el tema ideal para conversar en el almuerzo. Todo el mundo me envía textos o mensajes cuando Chile gana (muy seguido), felicitándome y deseándome suerte. Mi Facebook está lleno de invitaciones a fiestas para ver el mundial. La emoción se siente en al aire cada día, y los alumnos ponen en streaming hasta el juego más inaudito (como los tres gringos que están ahora mismo disfrutando del Japón-Grecia mientras yo trabajo en el laboratorio de computación). Incluso mis compañeros más outsiders me preguntan cosas como “¿Es realmente Neymar un fraude?”, “¿Debió Klinsmann incluir a Donovan en su lista de 23?”, “¿Christianou or Messy?”, “¿Crees que USA tiene posibilidades de ganar el mundial?” (true story… una amiga me preguntó eso último, pero cuando vio mi cara de “really? En serio me estai preguntando eso?” se puso roja y dijo: “ya.. si sé que es difícil, pero uno siempre tiene la ilusión…”).

Uno.

Siempre.

Tiene.

La.

Ilusión.

Y acá mi análisis ya no tiene casi ni techo ni órbita que lo cobije. Los gringos no sólo aman el mundial, sino que sueñan con ganarlo algún día. Así tal cual. Igual que los chilenos, que siempre hemos tenido ese sueño. Y no sé, como que ahora uno se la cree. Porque esta selección está llena de jugadores que se creen el cuento. No es como en el 98 donde el discurso era que enfrentarse a Italia eran “palabras mayores” o en el 2010 con un Bielsa que dejó de atacar cuando se vio clasificado. Acá no se hace la diferencia con nadie. Se planteó un objetivo muy simple: juguemos con la mayor intensidad posible. Y eso están haciendo Vidal, Alexis y compañía (por cierto, Vidal y Alexis son los únicos jugadores chilenos conocidos internacionalmente, según mi humilde perspectiva luego de conversarlo con fanáticos de diversas culturas y procedencia).

Portadas de los periódicos gringos luego de la victoria de su equipo (fuente: @ussoccer )

Portadas de los periódicos gringos luego de la victoria de su equipo (fuente: @ussoccer )

Chile 3 – Australia 1

Ayer, mientras veía a Chile derrotar al campeón del mundo inapelablemente y con un coraje que jamás había visto, sólo tenía una cosa en la cabeza. Les va a sonar raro, lo sé, pero ya llevo como 8 años auto-humillándome en este blog contando las leseras que se me ocurren y una lesera más o una lesera menos, da lo mismo.  No podía sacarme de la cabeza el video de “el Tarro”. El video es más que una tonta caida. Es una imagen perfecta de lo que es la vida (y el futbol). Es el caminar de un hombre frente a la adversidad y el retrato de sus amigos incitándolo a sobrepasar cualquier obstáculo, incluso esos que ningún hombre podría lograr derrotar (a menos que fuera en una moto). ¿No es eso acaso el camino que todos seguimos? ¿No es nuestra vida más que una serie de saltos en bicicleta? ¿No son nuestros amigos los que nos apoyan desde el lado? Y, cuando ya creemos que no existe desafío que nos detenga, zas! nos caemos a tierra subitamente. Nuestra cara se llena de tierra y esa tierra solo se limpia con el arrastrar de nuestras lagrimas. Todo iba bien. Todo era superable. Un neumático, dos neumaticos, una plumabit, una bicicleta. Tarro lo supera todo. Pero si se fijan, si le ponen verdadera atención, en el último salto una de las ruedas golpea brutalmente el último obstaculo: un tarro. Una alegoria de que el maximo obstáculo que nos separa de nuestras metas somos nosotros mismos.

No he visto el video ni una, ni dos, ni tres veces. Lo he visto decenas de veces. Si hasta de repente me da por pausarlo y observar con tiempo lo que el dinamismo de la historia me oculta a simple vista. No se alcanza a apreciar en el video, pero no es difícil imaginar el semblante de Tarro los segundos antes de cada salto. Cabeza erguida, mirada fija, labios deshidratados y ese brillo en los ojos que, si pudiéramos hacerle un zoom, veriamos el destino de Tarro reflejado. Un hombre ante su destino. No es una hazaña titánica imaginarse qué es lo que está pasando por la cabeza de Tarro en esos momentos. ¿Lo lograré? ¿Es este mi momento? ¿Es mi naturaleza la que me lleva a esto? ¿Trascenderé? Quizás hasta se imaginó tirado en el suelo tragándose las lágrimas de su propio auto-inflingido fracaso. O, cabe la posibilidad también, puede que hasta se imaginó volando por los aires, para caer limpiamente del otro lado, donde una multitud enloquecida lo esperaba para bañarlo en gloria. Quizás hasta dejó jugar esa idea por un buen tiempo en su cabeza. Se imaginó siendo el campeón mundial de salto en bicicleta, la pelicula que harian con su historia y, quien sabe, hasta el gol que metería en la final del mundial. Ya lo dijo Neruda en su crepusculario: “Quiero saltar al agua para caer al cielo”. Aún así, la gloria de Tarro no estuvo en el éxito. Lo que lo hizo inmortalmente famoso es el hecho de no haberlo logrado. Millones de reproducciones en Youtube son fruto de la humillación, de esa maldita costumbre chilena de reirse del que ha fracasado. Pero este Tarro, ese Tarrito querido, ese niño chileno de las profundidades del campo, estoico emblema de una latinoamerica herida, recuerdo fugaz de esa infancia que muchos chilenos creíamos olvidada, sangre expuesta que nos hierve la nuestra, artífice de un dolor del que mucho se ha escrito pero nadie ha sabido expresar como él. Ese Tarro tiene las mismas ganas que esa selección chilena. Sin embargo, este equipo está convencido que no se tropezará consigo mismo. Veamos y disfrutemos con lo que se viene. Si no ganamos, a mi me basta con que hayamos querido ganar.

Chile 2 - España 0

Chile 2 – España 0

He llegado aquí por caminos errados [Parte 5]

El sol aún no se asoma, pero sé que pronto lo hará. El tren se detiene en la estación Del Rio, un pequeño pueblo en la frontera de Texas. Con la ayuda del sol podré ver México en el horizonte. Tomo mi bolso, abandono el Texas Eagle Express y me siento a esperar en la primera cuneta que encuentro. Son pasadas las 5 am y mi reunión es a las 6.30 am, ahí mismo, en la estación de trenes, el centro de operaciones de todo el transporte de Del Rio. Los ojos de Texas están encima mio.

Una persona más baja del tren. Gringo. Más o menos mi edad. Me mira y, al más puro estilo texano, me saluda como si fuéramos amigos de toda la vida. Su nombre es Will. Vuelve a Del Rio, su ciudad natal, después de 2 años. En el último de ellos presenció su ausencia desde la cárcel. Espera que su novia lo recoja. “Voy a conocer a mi hija” me dice. “Sebastian, voy a conocer a mi hija ahora”, repite. Su hija tiene unos pocos meses de vida. No sé si fue la expresión de total emoción en sus ojos, la manera en la que escondía y movía sus manos sin encontrar una posición que le acomodara o la ingenuidad que delataba su voz quebrada, pero ese vaquero logró compartir conmigo un momento fundamental, quizás el mayor, de su vida. Si hubiera tenido la ocurrencia de usar mi cámara en ese momento, seguro hubiera obtenido una de esas fotografías inmortales, de esas que ganan premios y se reproducen viralmente por la red. Hubiera fotografiado a un personaje de Borges, a un hombre viviendo el momento exacto en el que sabe para siempre quién es.

El tren de noche

El tren de noche

Se asomó el sol en la vía del tren

Se asomó el sol en la vía del tren

Austin desde el tren

Austin desde el tren

6.30 am. Las puertas del departamento de transporte de Del Rio se abren ante mi. En uno de mis proyectos de investigación llevamos meses trabajando con empresas de transporte (buses, mini buses, mini vans, vans, etc) de pequeños pueblos rurales de Texas. No tienen recorrido fijo, la gente llama, concerta una cita, y será trasportado siempre y cuando los recursos lo permitan. Lo ocupan personas enfermas, con movilidad reducida, muy ancianas o también muy pobres. Una de las tareas que hemos estado enfrentando es realizar una encuesta a los usuarios de estos sistemas de transporte, tratando de identificar la importancia que le dan ellos a ciertas características del viaje. Hemos repartido la encuesta en papel a través de lo largo de Texas. Ha funcionado en casi todos lados, excepto en Del Rio. En 2 semanas sólo obtuvimos 4 encuestas contestadas. Algo raro pasa. El encargado de la agencia de Del Rio nos sugiere enviar a alguien para que realice directamente las encuestas preguntándole a los pasajeros. “Y que sea bilingue”, agrega. ¿Quién es el elegido? Yo (el encantador estudiante de doctorado que habla español). ¿Cuál es mi misión? Subirme a los buses y conseguir la mayor cantidad de encuestas en 3 días.

Busesito de Del Rio

Busesito de Del Rio

Departamento de transporte de Del Rio

Departamento de transporte de Del Rio

Del Rio es un pueblo tranquilo y pobre (“pintoresco” diría Mafalda), donde la ranchera y el country se mezclan como si fueran la misma cosa. Todos son amables, todos son amigos. No hay grandes lujos, no hay casi nada verde y es muy parecido a la caricatura que me imagino se crea en sus mentes cuando escuchan la palabra Texas. El 90% de la población habla español y el 10% restante spanglish. Todavía está de moda cambiar la letra de gangnam style en los comerciales de la radio y la feria artesanal cuenta con un sólo puesto: una señora especializada en decorar botellas de vidrios con flores. La comida es básicamente mexicana y es, sinceramente, irresistible. Anduve 12 horas seguidas en los buses cada día y creánme me recorrí Del Rio entero (y varias veces).

Típica vista de Del Rio

Típica vista de Del Rio

Otra típica vista de Del Rio

Otra típica vista de Del Rio

Luego de tres días allá me quedó muy claro por qué la gente no estaba respondiendo la encuesta que originalmente enviamos en papel. Varios no pueden escribir debido a sus problemas de movilidad. Otros tantos no saben leer. Varios de ellos se someten a desgastantes tratamientos médicos, en ayuna, con dolor, y seguramente su menor preocupación en ese momento es una estúpida encuesta proveniente de la Universidad de Tejas. Debo admitir que tenía miedo de que no me contestaran, que me vieran igual como veían al papel. Pero estaba muy equivocado. La gente no sólo contestó la encuesta, me hicieron partícipe de sus vidas y de sus historias. Tantas historias! Podría llenar este blog con ellas. Entendí el transporte como nunca antes lo había hecho. Conocí a conductores que aman su trabajo, hombres y mujeres que elevan a cada uno de sus pasajeros al nivel de ser un amigo más. Vi gente que necesita lo que yo estoy haciendo. 28 años me tomó encontrar eso.

En uno de mis tantos recorridos en busca de encuestas se subió al bus una señora muy viejita, llorando porque no quería ir a su dialisis. Lloraba de verdad. Asustada. Aburrida. Condenada a sufrir ese tormento que casi no puedo imaginar será que te saquen toda tu sangre, la limpien y te la inyecten de vuelta, tres veces a la semana hasta el resto de sus días.  Me acerqué sin ninguna intención de encuestarla. Lo único que quería es decirle que todo iba a estar bien y darle ánimo, que a esas alturas es lo único que le podía dar. La agarré de la mano y le conté esas cosas lindas de la vida que todos ustedes saben sé muy bien como narrar. Me mostré animoso por fuera, pero por dentro lloraba con ella. Todavía siento la fuerza que sus débiles dedos grabaron en mi mano. Así como ella, vi pasar a muchos más.

Ya lo dije hace un par de posts atrás. Un viaje es bueno en la medida que genera un cambio en tu vida.

Tremendo viaje el que me pegué a Del Rio.

Miedo

Cuando era un niño, temía. De día me tiraba en el pasto a mirar el cielo y temía. Temía que mi mente se perdiera buscando ese lugar desde el cuál había venido, ese mundo en el que yo había esperado pacientemente el momento de nacer donde ahora estaba. Por la noche también temía. Despertaba en mitad de la noche y no tenía el valor de abrir los ojos. La oscuridad acechaba y yo… temía. Después crecí y le empecé a temer a otras cosas. ¿La más grande? Que había gente que no era feliz. Conocí un niño que no caminaba, una niña que comía de la basura, un perro ciego, un hombre esclavo y otros más que no quiero mencionar. Pero lo más aterrador era la gente que lo tenía todo y aún así lloraba por no tener nada. Un par de años después empecé a tener el que pensé sería el miedo más grande de mi vida: miedo a perder a quienes quieres. No. Miento. Era más grande el miedo a tener un miedo más grande que ése. Miedo a que existiera algo peor que la súbita desaparición de personas que no estabas preparado a ver desaparecer. Junto con eso también nació el miedo al fracaso. ¿Un poco viejo para conocer ese miedo? Sí, lo admito. No fue hasta muy tarde en mi vida que la opción de fracasar empezó a rondar en mi cabeza. Antes de eso, sólo logros. ¿Y ahora? ¿A qué le temo? ¿Le temo a la muerte? No  ¿Temo a morir sin haber logrado lo que quiero? Tampoco. ¿Temo que se me olvide? ¿Que mi pisada no marque la arena? ¿Temo ser uno más? Temo que al final de este párrafo me de cuenta que no hay arena y que lo que comienza aquí no cambia al mundo. Temo que las cosas que temo no son de temer.

GRAVITY

Toda persona que alguna vez ha leído mi blog, sabe que estoy completamente rayado por el cine. No es casualidad que varios de mis amigos y familiares consultan conmigo antes de ver una película y, algunos más motivados, incluso después me envían su propio comentario y apreciación de la obra en cuestión (true story). Ya tengo 27 años y han sido centenares de películas las que he disfrutado a más no poder. Son muchas las películas que me han hecho pasar por infinitas emociones, personajes que mantengo en mi memoria por siempre, frases que me gusta citar y escenas que hasta he llegado a soñar con ellas. Pero tengo muy claro cuales han sido “esas” películas que han llevado la experiencia cinematográfica al extremo, aquellas que te dejan estampado en la butaca. No son (necesariamente) las que tienen mejor historia, o las que cuentan con mejores actuaciones, menos las que ganan más premios. Son esas obras maestras que te inmovilizan, esos 120 minutos (aproximadamente) en los cuales todos tus procesos vitales se detienen y, cuando encienden las luces, tienes que aprender a respirar de nuevo.  Y vaya que son pocas, es más o menos una cada diez años. Son verdaderos hitos en la historia de un cinéfilo.

En mi primera década de vida llegó un tal Spielberg, con unos dinosaurios que nunca nadie siquiera se preguntó si eran reales o no (no había espacio para cuestionar los trucos a los que estábamos siendo expuestos) y destruyó mi mundo con una película, emblema de la cultura pop a estas alturas, llamada Jurassic Park. No sólo dio vida a algo que ya la había perdido, sino que también se ayudó de vasos de agua, charcos de lluvia, cucharas y hasta jalea para insertar (de la manera más violenta posible, pero sin que siquiera lo notaras) su ficticia obra maestra en la realidad. No recuerdo cuántas veces vi esa película con mis ermanitohs, pero créanme que fueron varias. Es más, la película aún sigue vigente. Podrá la tecnología avanzar muy rápido (compare los computadores o teléfonos de ahora con los de 1993), pero aún no es capaz de superar la magia de Spielberg.

En mi segunda década de vida, un tipo totalmente desconocido (para mí), de un nombre impronunciable y proveniente de un lugar más raro que Austin (#keepAustinweird), escribió un guión fascinante, agarró la cámara que todos tenían, la puso en ángulos donde nadie la había puesto antes y creó una obra maestra conocida como OldBoy. Revolución en el cine, escenas que generan efectos que algunos buscan y buscarán por años, pero jamás lograrán hacer. Una exquisitez nunca vista, un bocado de algo que no tendrás la oportunidad de probar otra vez, pero de un sabor tan apasionante que creará una nueva necesidad en tu vida: necesidad de OldBoy. Más que una película, una verdadera experiencia de venganza y emoción. Sin duda la gran culpable que este blog (la película se estrenó en Chile 2 meses después de que BATIG saliera a la luz) tenga muchos, pero MUCHOS comentarios sobre cine. Si después, de casi 8 años sigo escribiendo, un poco se lo debo a Park Chan-Wook.

En mi tercera década de vida (aún no termina, pero ya estamos en tierra derecha), el más aventajado de los tres mexicanotes que se han colado en Hollywood desde el inicio de este siglo, Alfonso Cuarón, juntó toda la tecnología y astucia disponibles para crear en el cine la sensación de no gravedad que se vive en el espacio. No sólo lo hace perfecto, si no que también lleva la experiencia a un nivel superlativo, valiéndose de diversos trucos para inmortalizar un relato que, aunque parece simple en una primera instancia, la verdad es que se puede leer a la complejidad que tú quieras (mi mente saltaba continuamente entre diferentes niveles de interpretación posibles). GRAVITY es poesía inmersa en un espacio infinito, un golpe audiovisual difícil de olvidar. Este año el cine ha subido un peldaño más en su interminable historia. Houston, tenemos un poema.

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Me encantaría decir más acerca de esta película, pero no puedo, el spoiler sería inevitable. No dejen que alguien les arruine la oportunidad de disfrutarla. Amé esta película con toda mi alma. Yo creo que por varios minutos la miré con, literalmente, la boca abierta. Menos mal que en el cine está oscuro, ya que seguro hice el ridículo. Y eso que la vi en 35mm (hipsters are hipsters), porque toda esa cuestión del 3D me marea. Aún así, cuando terminó la película, tuve que aprender a caminar de nuevo. Denle su segundo Oscar a Sandra Bullock right now.

Lo que si les puedo contar es que la vi en El Alamo, que es como el cine más bakán de todo Texas. Me resulta gracioso notar que, ya con más de un año acá, esta sea la primera vez que voy. La culpa es de mis amigos que me lo habían descrito como “un cine fancy, donde te sirven comida y hay pocos asientos”.  Me imaginaba que era como los típicos cines premium o vip que han aparecido en Santiago. Pero no, I have never been so wrong. La cuestión es fascinante. Todo cinéfilo del mundo debería pasar por acá. Para empezar, no es que te sirvan comida (oración demasiado simplona para describir el proceso), es que tienen un menú cuatico, lleno de referencias al cine (por ejemplo, la cheeseburger con bacon se llama, obviamente, royale with cheese). La sala es demasiado bonita, los asientos son buenos (no la gran cosa tampoco) y cada fila tiene adelante una mesa gigante donde dejan la comida. Además tienes que ir escribiendo tu pedido en unas hojitas blancas, las cuales debes dejar en una ranura que hay delante de la mesa y así los meseros la pueden ver. Además, si te molesta algún otro asistente (está estrictamente prohibido hablar o tener tu celular encendido), puedes escribir tu queja en las hojitas blancas y la gente de seguridad se encargara de solucionar el problema. Y, por si fuera poco, tienen un bottomless pop corn y bottomless soda, lo que quiere decir es que podis comer cuanta cabrita se te ocurra y tomar coca-cola hasta que no aguantes más (y te pierdas el final de Star Wars: la Amenaza Fantasma), porque, si se te acaba, viene Dumbledore, mueve su varita y te lo rellenan. Vieron? Este cine es el sueño de todo cinéfilo. La comida es un poquito expensive, pero no es tanto tampoco. Además lo vale. Venden tragos, cerveza y vino. Re-estrenan clásicos todas las semanas, tienen ciclos temáticos (por supuesto ahora están con uno de Halloween) y seguro hacen otras mil cosas que aún no cacho porque, como les dije, es primera vez que voy. Creo que he descubierto uno de mis lugares favoritos de la tierra. Tuve que mirar desde el espacio para darme cuenta.

En fin, vengan a Austin a ver una película en el Alamo y, ya que se estrena este mes en Chile/USA, vean GRAVITY. No los dejará indiferentes. Más que mal, es la película que me volvió a hacer escribir sobre cine. Recomendadísima.