Tarde en Buin, doblando hacia el mar.

Camino tranquilamente por el centro de Buin luego de salir de mi trabajo. Me siento como uno más dentro del gran hormiguero que es la ciudad.Mientras recorro las tiendas de la calle Balmaceda, ruego a Dios que no suceda. Hoy no, por favor no! … no lo soportaría.

Pero pasó. Lamentablemente pasó.

Miro desesperado hacia mis zapatos y no me sorprende lo que veo: mis cordones desabrochados.

Al principio trato de hacerme el tonto. Nadie se dará cuenta hasta que llegue a mi casa y pueda atarlos tranquilo. Camino 3 cuadras tratando de no pisar los cordones y escondiendo mis zapatos ante la gente. Pero todo es inútil.

Una niña me mira.

Comienzo a desesperarme.

Debo abrochármelos… necesito hacerlo.

Mis manos comienzan a sudar y mi corazón late a 100 por hora.

No resisto.

Me agacho y comienzo con el maldito ritual… el principio del fin.

Inmediatamente la multitud se detiene. Todos, absolutamente todos, me miran con atención.

Mis manos tiemblan… abrocharse los zapatos debe ser una de las actividades más mundanas para la gente común, pero para mí es un acto desagradable.

Todo comenzó cuando tenía 5 años, cuando mi madre me instruyó en el bendito arte de atar los cordones de mis zapatillas. Ella tenía buenas intenciones, no lo dudo, pero se equivocó. Cometió un error que marcaría mi vida para siempre. Me enseñó a abrocharme los cordones de frente. Si, tal como se oye, me pedía que la imitara mientras ataba sus agujetas, uno frente al otro… cara a cara.

El caso es que aprendí, pero lo que ella hacía con la mano derecha yo lo hacía con la izquierda. Y todo lo que mi madre hacía con la izquierda yo lo hacía con la derecha. Como un espejo, como un maldito y ridículo espejo.

Y ahí estaba yo, atándome los zapatos mientras la gente miraba fascinada. Debo parecerles un monstruo, un especímen raro, la octava maravilla del mundo.

Pero esta vez la cosa fue más allá.

No es fácil ver a una persona que sea tu negativo, alguien que remece todo lo que estas acostumbrado a hacer. Yo soy más que un tipo freak, soy la prueba viviente que existen otros mundos, otras realidades. ¿Quién asegura que la manera correcta de abrocharse los cordones es como lo hacen todos ustedes? ¿Acaso no podría ser yo el normal y ustedes los malditos fenómenos?

La multitud comienza a imaginar un mundo al revés, una vida regida por un espejo, donde todas las personas se abrochen los zapatos como yo.

Existen otros mundos aparte del nuestro. Lo sé.

Una niña llora.

Una señora se desmaya.

El pánico comienza a apoderarse de las débiles mentes que me rodean. Todos corren despavoridos, alejándose de mí.

Termino de atar mis cordones, el momento de revelación ha finalizado.

La calle está vacía. Camino hacia mi casa con un gesto de desamparo.

La próxima vez compraré zapatillas con velcro… se los prometo.

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Basado en un hecho real que me destruyó la mente.

7 pensamientos en “Tarde en Buin, doblando hacia el mar.

  1. Jajaja yo sé de quién se trata lero lero. Me gustaría haber estado ahí viendo y escuchando, porque yo solo veía… pero bueno, fue chistoso igual.
    Un abrazo, aios!

  2. bueno… obviamente mis agradecimientos a Daniel… ya que su frikismo inspiró todo este escrito.

    Y a Diego, ya que sin su invitación nada de esto hubiera sucedido. Aparte lo pasamos re bien.

  3. jajaja
    aveces eso pasa
    que uno trata de hacer piola
    eso de tener los zapatos desabrochados cuando uno camina entre un montón de gente
    jajja
    es espantoso…
    caminar sin pisarse los cordones
    jajaj
    un saludo seba..
    chau

    Félix

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