Un nuevo Edén

 

 

Imaginen un mundo amenazado, un planeta condenado a la autodestrucción. Durante siglos el hombre utiliza su planeta para satisfacer sus caprichos e irremediablemente se acerca el final. Calentamiento global, fin del mundo, apocalipsis (Toni, Nunes, Peter y Hernán), la tonterita del Al Gore o como quieran llamarlo. La raza humana está a punto de autoexterminarse (cualquier semejanza con algún otro planeta que usted conozca es sólo coincidencia).

 

Un hombre, Plástico Tolstoi, decide lucrar con el fin del mundo. Comercializa las “claustrosferas”, esferas en las cuales el individuo puede encerrarse y aislarse de la destrucción mundial. La claustrosfera es un entorno autosuficiente y hermético, una esfera con un microclima dentro y con todo lo necesario para sobrevivir (y si tienes dinero puedes agregarle cosas como cine virtual, juegos, ciclos de día-noche, montañas, etecé, etecé…). Están totalmente equipadas para albergarte el resto de tu vida.

 

Lo paradójico es que la confección de una claustrósfera requiere de una cantidad de recursos naturales significativos, por lo que mientras más claustrosferas se construyan más rápido será el fin del mundo.

 

Una claustrósfera es carísima. Si eres pobre ni siquiera lo pienses. Espera tu muerte sentado y ruega por la caridad de algún otro (aunque nadie estaría dispuesto a compartir su eternidad contigo…)

 

Este es el tema central del libro de Ben Elton titulado “This Other Eden”. Un libro entretenidísimo que no sólo atrapa por su majestuosa y acertada “actualidad”, sino que también cautiva por su soltura y sus párrafos hilarantes. Porque cada dos páginas se presenta un elemento nuevo, una genialidad que te hace llorar de risa, pero a la vez te entristece un poco. Cada tontera que se presenta en el libro tiene su base lógica: el hombre es capaz de llegar a tales extremos.

 

A modo de ejemplo un pequeño extracto:

 

“El juicio de Hitler estaba llegando a su punto culminante. Todos los días, ese monstruo patético y gris aparecía ante las cámaras, sin que su semblante alelado, aturdido, mostrara alguna comprensión de los crímenes que, según le decían, había cometido. En circunstancias normales, la clonación por ADN estaba prohibida; demasiado poblada estaba ya la Tierra como para que uno empezara a recultivar a los muertos. Sin embargo, cuando se desenterró un mechón de pelo de Hitler, la Corte Mundial dictaminó que se hiciera una excepción; la opinión generalizada era que, en el caso de un villano como Hitler, el estar muerto no debía impedir que se hiciera justicia. Además, la ONU estaba siempre muy endeudada y los derechos de televisación del juicio valían una fortuna”.

 

Y otro un poco más largo:

 

“El problema, como siempre, radicaba en la celebridad. Casi todo el mundo la deseaba, pero no todos podían alcanzarla. Para alcanzar la celebridad había que ser estrella, cosa muy difícil. Y los chiflados habían descubierto una manera más sencilla. ¿A qué malgastar años en clases de actuación, a qué agotarse trabajando de barman o camarera, presentarse a infinitas pruebas para avisos publicitarios, suplicar por un bocadillo en videos baratos donde a uno lo explotaban, torturarse la conciencia preguntándose si acostarse o no con los productores, arruinarse la vida en general, buscando esa única posibilidad en un millón que te convierte en estrella? ¿Por qué hacer todo eso, si para ser famoso bastaba con buscar algún idiota que ya lo hubiera hecho y liquidarlo de un balazo?

 

Por ese tipo de lógica implacable, algunos se preguntaban quiénes eran los chiflados.

 

Brotaron agencias para ocuparse de algo que se había convertido en parte importante de la industria. La vida de un estrellicida era asunto serio: que los derechos para el libro, que los derechos para la película, que las entrevistas exclusivas y las fotos inéditas. Todas esas cosas requerían un manejo prudente.

 

– Guarda bajo llave todo lo que se relacione con tu pasado – era lo primero que decía el agente al esperanzado chifladito que buscaba representación -. Si tienes suerte y liquidas a un grande, cada fotografía de tu infancia se convierte en una mina de oro. Créeme: antes de que se apague el eco de los disparos, los periodistas habrán limpiado la casa de tu vieja. Tienes que esconder todos tus documentos, todas tus fotos, para que yo las venda el día que se inicie tu juicio. Hay que contratar entrevistas exclusivas con todas tus maestras y tus compañeros de juego antes de que mates a tu estrella. Yo sé lo que te digo: hasta tus familiares más íntimos comenzarán a ver signos de dólar en cuanto se den cuenta de lo que vas a valer.

 

Cuando Nathan llegó a Hollywood ya habían pasado los peores excesos del estrellato vía homicidio, pero, en su mejor momento, la gente iba de la cárcel a los estudios de televisión, a presentarse en programas de entrevistas. Se creó un círculo vicioso: los asesinos apenas tenían tiempo de adaptarse a su flamante celebridad antes de ser, a su vez, asesinados. Y así continuaba el horrendo ciclo”.

 

El libro me lo recomendó un profe (Sergio Jara). Me lo encontré en la libreria chilena de Huérfanos, conversamos un ratito sobre literatura y me señaló “Un nuevo Edén”. Costaba dos mil pesos, la edición era más que decente (de hecho mi hermano no me creyó cuando le conté del precio) y además Ben Elton había sido guionista de Saturday Night Live (curriculum inigualable).

 

El libro es genial. Demasiado original.

Y demasiado cierto.

Pensar que todas esas ridiculeces son la realidad me da un poquito de angustia.

PD: Inaugurando Etiqueta.

4 pensamientos en “Un nuevo Edén

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