Pasajero Incógnito

La historia que les voy a contar no es ficción. Corresponde a un evento documentado, un hecho perdido en los anales de la humanidad. Hoy leo lo que recién acabo de escribir (y lo que ustedes se aprontan a leer) y una corriente helada recorre mi rostro, como el lamido de un perro muerto. Pensé en no publicarla jamás… pero también pensé en que todo ya está escrito y que si no lo hago probablemente otro lo hará. En cierto sentido ésta es la posibilidad que tengo para maquillar los sucesos y sacar a la luz la historia de Calibrí de manera clara, precisa y sin lugar para los débiles.

Calibrí es una hermosa ciudad, capital de un país que prefiero no nombrar (googleen por último). Como toda capital alberga una enorme cantidad de personas , tendiendo al desorden y la inmundicia. En sus inicios fue un pueblo productor de hemoglobina sintética (de vital importancia en el periodo post caída del Imperio Romano), pero desde el 1900, debido a una recesión, tuvo que cambiar su rumbo. En el último siglo aumentó considerablemente sus ingresos produciendo conejitos de pascua. Los Calibrianos se especializan en criar conejos, pintarlos de rosado o celeste, entrenarlos para repartir huevitos de chocolate y luego exportarlos a diversas partes del mundo donde el mito de la Pascua necesita ser mantenido. Eso, entre otras cosas, explica porque sus padres cuchicheaban entre ellos los días previos al Domingo Santo (estaban ajustando los últimos detalles de la encomienda). Y también explica los años en que no recibió chocolates (Calibri se volvió tan popular que muchas veces fue incapaz de satisfacer la demanda debido a la naturaleza monopólica del negocio).

La modernidad sobrecogió a Calibri. El alcalde tomó medidas tontas y desesperadas: Prohibió el uso de artefactos eléctricos los días 17 del mes, contrató 100.000 chinos como ciudadanos para que descongestionaran las calles con sus bicicletas y duplicó la extensión del Tren Subterráneo (Metro). Bonitos fueron los días en que el alcalde, tijera en mano, inauguró las nuevas estaciones. Algunas incluso tenían bar-restaurant, cine arte, piscina olímpica y estadio propio. “Cuando ves al alcalde cortando la cinta roja por televisión te sientes orgulloso de ser un Calibriano” comentaría Nod Clemaan, el cantante y cientista político más popular de Calibrí. Sus éxitos musicales (que usted puede descargar a través de su programa P2P favorito) fueron opacados por su supuesto romance con la hija del alcalde. Nunca se corroboró, pero Calibri no estaba dispuesto a siquiera sospechar que el gran Nod podría tener un romance con gente de esa talla. El tipo se desperfiló tanto que tuvo que dedicarse a la carrera más apabullada de todas (y la menos fiscalizada): política. ¿Quién iba a pensar que el autor de temas tan cándidos como “Baby, I’ll Kill You so Much” o “You are the Master-Key of My Heart” terminaría así?

La ciudad colapsó. El metro no se la podía. La gente se vio obligada a viajar apretada e incómoda. Era tal la desesperación por entrar a los vagones (entrabas a la fuerza o soportabas una espera de hora y media) que algunos, al ver los carros llenos, pedían que se les tomara y alzara al techo, como una estrella de rock lanzándose a su público. Cuando llegaban a su estación de destino pedían amablemente que se les lanzara hacia fuera. Esta técnica tuvo su popularidad, incluso personal de Metro instaló máquinas de Karaoke en los andenes, como para “preparar la atmósfera”.

Pero no todo el mundo consideró que convertirse en rock-star por un viaje era una buena solución. Pronto los disgustos se apoderaron de todos los corazones. La gente viajaba enojada, discutían entre ellos y terminaban a golpes. En las calles se organizaban marchas (que nunca se concretaban) y se colgaban carteles con leyendas del estilo “No somos animales”, “Por un Transporte Digno para Calibri” o “Vamos Calibri que esta noche tenemos que ganar”.

El Alcalde sintió que su carrera política estaba en peligro. Reunió a sus asesores (su perro favorito y un viejo senil que tenía la gracia de haber sido el único alcalde en la historia de Calibrí que no fue asesinado al final de su mandato) y se enclaustraron por 3 años buscando la respuesta. Cuando quedaban dos meses para las elecciones el alcalde salió a la calle, conversó con la gente y promocionó su propuesta: El Pasajero Incógnito. La idea era la siguiente: un empleado de Metro se disfrazaría de “persona” y viajaría de incógnito dentro de los vagones. Si él veía que alguien se comportaba de manera ejemplar o incentivaba los buenos modales y el cariño entre los usuarios, le regalaría un automóvil último modelo (para que no tuviera que usar el transporte público de nuevo). Los Calibrianos quedaron encantados con la idea.

En un principio todo funcionó perfecto. Cada  semana aparecía en el canal local número 37 (Calibrí tiene 350 canales propios) el testimonio de un feliz ganador. La mayoría había cedido su asiento a una viejecita o habían ayudado a un lisiado a subir las escaleras. El alcalde sonreía, su idea realmente había mejorado el ambiente dentro del metro. Es cierto que la gente seguía esperando horas y viajaba apretada, pero por lo menos ya no existía la violencia de antaño.

Pero luego de unas semanas el Pasajero Incógnito se volvió un caos, un arma de doble filo. El transporte público era tan malo que todos sentían que su última esperanza era ganar el auto que regalaban en el concurso. Se crearon websites especializados, administrados por antiguos ganadores, donde se enseñaban estrategias para sorprender al Pasajero Incógnito. A diario se actualizaba en YouTube un canal donde aparecían videos de los empleados de Metro que podían ser el Pasajero Incógnito, provocando persecuciones y extorsiones. La corrupción se apoderó del concurso. El caso más emblemático fue el de un Pasajero Incógnito que regaló el automóvil a uno de sus vecinos, quien lo llevaba todos los días al trabajo.

La situación era crítica… pero nada que una buena fiscalización (o un cambio periódico de Pasajero Incógnito) no pudiera solucionar. La verdadera agonía llegó de la calculadora y fría mente de Lamb Segundo. Lamb Segundo era un calibriano común y corriente, sin ninguna historia que contar y sin ninguna gracia que admirar. Viajaba en Metro todos los días para llegar a Chorizo-Express-Fantasy, restaurant céntrico y pintoresco donde trabajaba como mesero. Su existencia tomó vital importancia cuando se le ocurrió que podía ganar el Pasajero Incógnito si, al momento de que se abrieran las puertas del carro, dejaba pasar a todos las personas que querían entrar. Como cuando uno va a entrar a una puerta, se detiene, se hace a un lado y dice sonriente “las damas primero”.

La idea de Lamb era astuta, tentadora. Apenas la puso en práctica fue imitada. Todos se dieron cuenta que, copiando la idea de Lamb, podrían ganar el concurso. Al día siguiente los andenes se llenaron, pero nadie se subió. Todos esperaban “cortésmente” que el resto subiera primero, mientras los trenes se paseaban vacíos por las estaciones. El caos fue total. Las filas salían del subterráneo y daban vueltas por toda la ciudad. Calibrí fue una ciudad paralizada. Incluso algunos salían de su casa y la fila los esperaba en el antejardín. Cuentan que una persona, buscando el inicio de la fila, caminó tanto que llegó casualmente a su destino (su trabajo).

Pasó una semana y la situación fue insostenible. Los calibrianos, presionados por la necesidad de viajar, prefirieron olvidar al Pasajero Incógnito y volvieron a su acostumbrada violencia. La agresividad contenida durante tanto tiempo dio sus frutos. Se registró la mayor cantidad de empujones mortales a las vías del metro en toda la historia de Calibrí. Un tercio de la población murió atropellada por el tren o por la manada de personas que corría despavorida en las estaciones para tomar el metro. Un tercio de personas desaparecidas hizo que el servicio se normalizara y pudiera transportar a todos los ciudadanos a todos sus destinos.

El plan del Alcalde había surtido efecto. El día de su re-elección saludó a sus seguidores y prometió preocuparse por Calibri hasta las últimas consecuencias… por lo menos mientras estuvieran cerca las próximas elecciones.

 

PD: Cuando me cuesta dormir me gusta contarme cuentos. Éste se me ocurrió anoche. Como ven se me ocurren puras tonteras.😄

7 pensamientos en “Pasajero Incógnito

  1. jajajaja

    Notable tu cuento anti-imsomnio.

    Deberías publicarlos siempre, para que,
    en unos años más, hagas una antología de ellos.
    O hacerlos coleccionables… que sé yo.

    Estoy seguro q ayudarán a mucha gente.

    Saludos!

  2. Pingback: 100 « B.A.T.I.G.

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