Lo que ya no escuchamos

Todo partió como una simple alergia. No sé a quién se le ocurrió llenar Texas de esos árboles llamados Cedar, pero ese alguien merece la más cruel de las muertes. En estas fechas sube la concentración de polen en el aire y nos hace estornudar a todos. Me sentía sollozando todo el día. Poco a poco me di cuenta que iba perdiendo la audición. Le eché la culpa a la alergía. No sé, en mi mente de simple mortal que siempre escapó de la biología, me imaginé que “algo” se me había inflamado “dentro” y que “tapaba” mis oídos.

Y no me van a creer, pero al principio estuve bien con eso. Lo asumí. Siempre he tenido esa maldita costumbre de aceptar la adversidad. Si alguien me dijera “lo siento señor pero su brazo derecho no va a funcionar más” yo claro que lo miraría con pena, pero a los 5 minutos ya hubiera replanificado mi vida sin un brazo. Life is hard. We all know. Pensé que ya se me iba a pasar y que por mientras iba a escuchar menos. Pero llegó un día en que salí a comer con unos amigos y no escuché nada de lo que me dijeron en toda la conversación que tuvimos en la mesa. Dije- angustiado por participar en el diálogo y no quedar de antipático- algunas palabras que no tenían sentido alguno (lo cual demuestra que siempre hablo puras pelotudeces pues nadie notó que algo raro pasaba). Camino a mi casa lo pensé: “tengo que ir al médico”.

Al otro día estaba frente a la doctora y ella me explicaba y me explicaba lo que yo tenía. Pero yo no pude escucharla. Estaba sordo. Me dediqué a asentir con la cabeza, deseando que todo pasara rápido. Me entregó una receta para comprar un remedio y me fui. Pasé por la farmacia, compré el famosillo remedio por módicos 10 dolares, me tomé una pastilla y fui a dormir a la casa. Al día siguiente desperté y… bueno… pasó algo que jamás imaginé podría pasar.

Escuchaba todo. TODO. Podía escuchar los pasos de los perros caminando en el patio de atrás. Me senté a tomar desayuno y escuchaba la comida bajar hasta mi estómago. Movía una pierna y podía escuchar cada hueso reacomodándose. Tuve que ducharme en un minuto porque el ruido del agua golpeando el piso era atronador. Salí a la calle y cada hilo de hierba en el pasto crujía al compás del viento. Supe enseguida, pues la fricción del movimiento de sus alas los delató, la ubicación de cada pájaro en cada árbol de cada casa de la cuadra. Tomé el bus a la universidad y tuve que cubrir mis oídos de la selva de ruidos que son las calles de Austin. No podía tipear en mi telefono porque me molestaba el sonido del pulgar tocando la pantalla. Ni pensar hablar con alguien. Why are y’all so loud?!?!?! Creí que me volvería loco. Esa noche me costó mucho dormir pues escuchaba pasos y susurros en el pasillo (será que los fantasmas hablan bajito para que sólo personas con oído ultra sensible los escuchen? ah?).

Han pasado ya un par de días de aquella experiencia y aún escucho esos sonidos (o ruidos), pero poco a poco he logrado apartarlos de mi mente. Quizás es así como funciona. Quizás todos escuchamos así al principio y nuestro cerebro aprende qué es lo que debemos retener y qué es lo que no. Quizás pasa lo mismo con la vista. Puede que ahora no le prestemos la atención a todo lo que vemos, que de alguna manera nuestro cerebro sólo captura lo esencial. Es así como vemos a todas las personas en una multitud iguales, como ya no vemos los defectos en los rostros de nuestros amigos, como preferimos no ver el sufrimiento de otros, como nos enfocamos sólo en lo que queremos ver. También debe pasar lo mismo con el corazón. Hay cosas que ya aprendimos a no sentir. Miras el noticiero y ya no te sorprende tanto. Tu madre te servía la comida todos los días y ya no tenías por qué agradecer. Querías mucho a esa persona, pero ya no te nacía decirselo. Quizás lo mismo pasa con la memoria. Hay cosas que ya no es necesario recordar.

Cuando era niño, yo pensaba que todos veníamos de un mismo lugar. Un lugar en el que esperábamos nuestro momento de nacer. Incluso a esa corta edad podía recordarlo y en mi mente podía ver ese lugar. No es que renacemos o nos reencarnamos, es que simplemente existimos siempre. Antes y después.

Una vez se lo comenté de pasada a mi mamá, de pura casualidad (porque para mí era tan obvio que no era tema, todos lo sabíamos). Y ella, como era de esperarse, se asustó mucho. Después de ese día comencé a olvidar. Un par de años y ya no recordaba nada. Me tiraba en el pasto mirando al cielo, obligando a mi memoria a recordar ese lugar, pero todo esfuerzo fue en vano. Yo, al igual que todos los niños (unos más tarde que otros), olvidé.

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Después de un año en silencio, he vuelto a escribir en mi blog. Manténganse atentos. Disculpen la ausencia de tildes.

2 pensamientos en “Lo que ya no escuchamos

  1. Bakan tu post! Lo de la inflamacion en el oido es es correcto. Nariz, oido y boca estan conectados.
    Y si los amigos con los que saliste a comer eramos nosotros, ese dia yo quede con la idea de que extranamente estabas hablando muy bajo… o que yo aun estaba medio sorda despues de la crisis alergica en Chile jajaja.

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