Preámbulo a una historia incontada

Mientras sucedieron uno tras otro los hechos que conforman lo que estoy a punto de contarles, se me pasaron por la cabeza muchas ideas, excepto una: que revelaría voluntariamente esta historia alguna vez. Es que por más yogurt que uno tenga en el cerebro, hay que ser muy tarado para querer compartir con el mundo un testimonio donde quedas como el imbécil máximo. Es verdad que las cosas se anduvieron saliendo de control y que probablemente nadie hubiera podido sortear con elegancia los diversos desafíos que me fueron planteados, pero lo cierto es que durante esta historia creo haberme equivocado unas 327 veces (en serio, las enumeré). Y ese sí que es una cifra avergonzante en cuanto a  equivocaciones se trata.

¿Por qué la cuento entonces? Porque puede que alguien aprenda de esta historia. Puede que alguien se sienta identificado con lo que voy a decir y sepa, gracias a mí, que camino no seguir. Quién sabe si mi misión en la vida sea fracasar para regalar el éxito a otros. Quizás soy sólo el mal ejemplo que se necesita para entender todas las reglas.

Una vez leí un libro- soy malo leyendo- y poco me acuerdo. El autor era el típico fanfarrón que le gusta enredar a la gente con palabras rebuscadas, diálogos larguísimos, descripciones lateras de riachuelos  y personajes infumables. Pero recuerdo que al principio del libro había un prólogo. Era, sin duda alguna, lo más genial por lejos (porque el autor olvidaba un poco su condición de fanfarrón y explicaba lo que iba a decir sin darse ninguna vueltita de más). Como ésta no es sólo la primera historia que escribo, si no que probablemente también sea la última (nadie en su sano juicio tiene dos historias, a lo más una en varias partes), tengo que empezar con un prólogo. Es ahora o nunca. Y para darle sentido a este prólogo, para que ustedes mentes complejas e incógnitas sean capaces de entender las palabras de este desgraciado escolar de 17 años, es necesario que saque a colación a mi gran amiga Amanta.

Resulta que, contrario a todos los pronósticos, a veces se me ocurren buenas ideas. Ideas que me parecen geniales y que el sólo hecho de haberlas pensado me hacen sentir el tipo más clever del universo. Pero basta con que se las comente a Amanta para que las destruya por completo. Así es Amanta, una persona que siempre está un paso más adelante que todos. No sé qué diablos comía cuando pequeña o qué cosas le enseñaron sus padres (o quizás qué pacto hizo con espíritus), pero ella tiene la facultad de apreciar las cosas desde el punto de vista que no miraste y, desgraciadamente en mi caso, ese punto es justo el que me hace pensar: “vaya, quizás no sea tan buena idea”. Pero el lado bueno de todo esto es que cuando tu idea es muy mala, ella la convierte en buena ¿Acaso lo hace para compensar las frustraciones que ocasiona sus ansias de destruir buenas ideas? Yo creo que simplemente no se da cuenta, pero sí que ayuda mucho.

Amanta tiene un papel secundario en esta historia, pero un rol protagónico en este prólogo. Ella una vez me dijo- mientras apretábamos los paquetes de papas fritas en el supermercado- “todo es cuestión de timing”. Y esa frase es la que sin duda debe iniciar esta historia. Porque si te pones a pensar, toda esa gente que se llevó, sin saber, papas fritas molidas a sus casas, se hubiera ahorrado el mal gusto sólo llegando antes que nosotros. Nuestra broma era cruel, perversa como ninguna, pero altamente evitable.

Y esa es la cuestión, como sortear esas cosas. O mejor aún, como hacer que esas obstáculos lleguen en un momento en que puedas afrontarlos. No soy fanático de Dios, nunca me ha gustado esa onda de parroquia ni nada por el estilo, pero estoy seguro que el destino (o “el ocio de Dios”, si usted prefiere) le tiene reservado a cada persona un número fijo de dificultades (papas fritas molidas por ejemplo). Digamos un frasco con pelotitas de “malas cosas” que algún día aparecerán en tu vida. Hay personas que les vacían el frasco de golpe- esos fatalitos que el karma no los deja en paz- u otras que sagradamente reciben su pelotita todos los lunes por la mañana. Yo sé que mi frasco ya perdió, por lo bajo, unas 327 bolitas. Pero si una de esas bolitas hubiera llegado en otro momento, en otro lugar, en otra etapa… quizás no hubiera sido tan terrible. Quizás hubiera triunfado y no estaría desperdiciando mi tiempo escribiendo esta aventura.

Acá les dejo mi historia, la de los 327. Al final de todo ustedes dirán si publicarla es mi 328.

 —————————————————————————-

PD: Puede que alguna vez publique la historia completa.

PPD: Necesitaba publicar algo (porque siempre he seguido escribiendo en verdad).

PPPD: Sí, usé varias palabras que no existen.

Anuncios

Un simple malentendido

Un niño, harto de un mundo sin magia, decide demostrar que Harry Potter existe. Se acerca a su madre  y  pregunta “Mamá, ¿qué hechizo usas para cocinar dulces tan sabrosos?” Ella le da a probar un poco de la bolsa de avena. El niño, al identificar un sabor idéntico al de sus galletas favoritas, cree que aquella sustancia es hueso molido de grifo y que su madre es una experta en pociones.

Luego va y se recuesta al lado de su padre mientras ve televisión. El padre piensa “maldición! ni siquiera puedo ver una película sin ser molestado”. El niño, en cambio, siente que  apoyado en el brazo de su héroe nada malo le puede pasar. “Mi padre es el mejor en defensa contra las artes oscuras” comenta en silencio.

Antes de acostarse visita a su hermana mayor. Ella está totalmente concentrada en la pantalla de su computadora. Él se interesa por lo que está haciendo su hermana, pero es apartado con un violento “¡nunca entenderás!”. El niño se aleja pensando que su hermana es realmente buena en el arte de la adivinación.

A la mañana siguiente, el niño corre camino a la escuela, entusiasmado por una ciudad que le parece más bella que nunca. La sonrisa que lleva en el rostro es borrada súbitamente por un autobús que le arrolla.

Pasa varios meses en la enfermería, conectado a unas máquinas especiales que algún mago debe haber creado hace mucho tiempo. Su madre llora y él la tranquiliza “Los encantamientos pueden curar cualquier cosa” le dice muy confiado. Su padre se toma la cabeza y luego el bolsillo.

El niño sale de la clínica con una evidente cojera. Los otros chicos de la escuela se burlan de él. Le asignan un mote  no muy elegante  e imitan su caminar mientras lo hacen caer al suelo repetidas veces. “Levántante cojito” le cantan mientras se ríen. El niño busca  desesperado en todos los libros de magia que conoce, pero no encuentra nada capaz de sanar su pierna.

“Fui un tonto… la magia no existe” piensa el niño, sin siquiera imaginar que en 2000 años más todos creerán que Harry Potter existió. ¿Quién podría ponerlo en duda con esos siete tomos de la biblia que lo acreditan?

————————————————————————————————————————-

PD: Fue sólo para escribir “Harry Potter” y obtener más visitas.

PPD: Voy a seguir escribiendo PD en vez de PS porque me da lata corregir todos mis posts. Y si lo voy a hacer mal, lo haré mal con estilo xD.

Eterno recuerdo de una mente sin ni un brillo

Todos sabíamos que la cabeza de Pedrito explotaría algún día. El pobre era uno de esos misterios médicos excepcionales, que se dan en uno de veintisiete mil millones de casos. Son tres cosas las que un niño de nuestro pequeño pueblito  aprende nada más al nacer: Roberto Carlos es zurdo, “a ante bajo cabe con contra de desde en entre hacia hasta para por según sin so sobre tras” y que a Pedrito, tarde o temprano, le explotaría la cabeza.  Con ese fatal destino a cuestas obviamente nadie jugaba con él. Había que ser estúpido para arriesgarse a que en mitad de un partido de futbol sus sesos te ensuciaran la camiseta. Por lo mismo todos nos alejábamos por lo menos  diez metros de él dentro del salón de clases ¿Quién iba a querer sumar fracciones cubiertas de sangre? Pedrito, el cara de dinamita, no tenía ningún amigo.

Pero un día a la Isabelita, la niña linda de la escuela, le dio con que le gustaba Pedrito. Ella era tan tincada que en verdad a pocos les sorprendió. Bastó que dijera “lo requiero” seguido de “es tan tierno cuando estornuda” para convencerse a sí misma que debía caerle de una vez por todas.  Así que sin más miramientos, tuvimos que aceptar que Pedrito, el nuevo pretendiente de Isabelita, se uniera a nuestro selecto grupo de amigos. Fue simple matemática: el temor a la explosión de Pedrito no se comparaba con la angustia de sufrir  un hipotético rechazo por parte de Isabelita.

Anduvieron juntos por varios meses y eso hizo que poco a pocos nos fuéramos dando cuenta que Pedrito era un tipo genial. Siempre nos avisaba cuando salía un buen video en youtube, todos los miércoles por la mañana traía en su pendrive el último capítulo de Glee, era el mejor  centrocampista creativo que habíamos visto en la vida, inventó una aplicación de iphone, su hermana era casi tan linda como Isabelita, tenía las zapatillas edición limitada del trigésimo octavo aniversario de Star Wars, hacía una perfecta imitación de Adam Sandler y usaba el mismo peinado que Justin Bieber. En pocas palabras, Pedrito era el mejor amigo que nadie estaba pescando.

El cariño que le tomamos a Pedrito fue tanto que incluso siguió siendo parte del grupo aunque Isabelita lo dejara sin explicación alguna (quizás Pedrito había aprendido a sonarse). Lo vimos llorar, es cierto, pero después de un par de días todos hicimos como si nada había pasado. Más que mal Pedrito era el primero de nosotros que caía despechado por el amor travieso de una niña malvada. Había que apoyarlo por un asunto de “generosidad” (simpatía con tu mismo género). Un par de años después tuve que partir a una de las universidades de la capital. Allá conocí a una chica, me casé, tuve hijos, un perro y un auto. Con el paso del tiempo perdí todo contacto con mis amigos de la infancia, incluido Pedrito.

En un día nublado, camino a mi oficina, me quedé mirando la vitrina de una tienda de televisores.  Mientras estudiaba atentamente la diferencia entre las pantallas LED y las LCD, alguien me tocó el hombro. Apenas me di vuelta escuché un estruendo tremendo y varios pedazos de carne ensangrentada cubrieron mi corbata nueva.

Era Pedrito.

—————————————————————————————————————————————

PD: Los recreos de la tesis dan para mucho. Si no escribiera para el blog me volvería loco.

PPD: Quizás hasta me explotaría la cabeza.

PPPD: Yep, el único objetivo de este post fue tener una excusa para escribir “Justin Bieber” y así tener más visitas.

El enemigo expuesto

1

Cuando Julian se acercó al árbol de pascua en busca de su regalo, se produjo un silencio demasiado inoportuno.  Uno a uno habían ido sacando sus presentes que algún desconocido les había dejado bajo el árbol (con la debida etiqueta indicando claramente el destinatario) , en ese emocionante ritual que llamaban “amigo secreto”*.  Dorothy había recibido, con una luminosidad indescriptible en su mirada, un set de limpieza de manos cuya procedencia se adjudicó prontamente Claude, quien dijo ser la única capaz de conocer con exactitud los aromas, texturas y sabores que Dorothy amaba tener en sus dedos. Claude, a su vez, obtuvo ese molde torta en forma de estrella que tanto necesitaba y que Mero confesó haber comprado. Mero consiguió de parte de Mark la camiseta de su equipo de futbol favorito. Pepita admitió que ella había traido el único libro de Coelho que Mark no había leído y además se sintió muy contenta cuando abrió los chocolates que Julian le había obsequiado.

Pero para Julian no era tan sencillo. Como  el año pasado recibió un disco de villancicos interpetados por un coro de perros, se había convertido en un traumado por el “amigo secreto”, esos que cada año temían tener el peor regalo de todos y ser el blanco de burlas y risas. Esta actividad de fin de año se había convertido en un calvario para el pobre de Julian.

Tomó esa pequeña caja envuelta en un llamativo papel rojo con cierto temor y se aprestó a abrirlo mientras sonreía nerviosamente al resto de sus amigos. Rasgó con la uña la cinta adhesiva repetidas veces, cuando por fin cedió tiró de ella, liberó uno de los pliegues del papel, luego deslizó sus dedos por debajo y desvistió con total parsimonia su regalo.

El temor se apoderó de los presentes:

Era una caja negra.

Julian miró al resto, buscando alguna mirada cómplice que confesara el secreto y le diera indicaciones para proceder. Pero lo único que vio en cada uno de los ojos que lo observaban fue un terror puro, casi demoniaco.

Abrió la caja y con eso comenzó la más grande tragedia de su vida.

Dentro de ella habían tres sobres.

¿Serán gift cards? – preguntó.

Silencio.

El temblor de su mano le impidió abrir con soltura el primer sobre. Tuvo que rasgar el papel con fuerza para poder extraer la única hoja que se encontraba dentro.

Que extraño… es una boleta… – dijo.

Mark dejó caer su vaso,  el cual se estrelló contra el piso y explotó en un estruendo que hizo aún más tensa la situación. Nadie se movió ni un sólo milímetro. Las piezas rotas de vidrio esparcidas por el suelo reflejaron la angustia de los presentes por toda la habitación.  Se podía escuchar incluso el sonido de la bebida deslizándose por la alfombra.

– Parece que alguien compró cada uno de los regalos en una misma tienda… el set de limpieza, el molde de torta, la camiseta del real madrid,  la basurita de Coelho, todos aparecen en esta boleta. ¡Todos!

Silencio.

– Debo admitir que le pedí a Dorothy que comprara tu regalo Mero… tú sabes… ella es tan ocurrente – dijo Mark, visiblemente contrariado.

– Y yo aproveché de encargarle a ella algo para tí Mark. En verdad no sabía qué cosa regalarte – agregó Pepita.

– ¿Y supongo que tú te sumaste y le pediste mi obsequio también? – le increpó Claude a Mero – Me imaginaba que sólo Dorothy podía saber cual era el molde que me faltaba. Bueno… no te culpo, yo también me ayudé de ella para elegirle algo, ella misma se compró su presente.

Dorothy, quien hasta el momento se había mantenido aparte en la conversación, comentó que “no tenía mayor importancia” y aseguró que “fue la mejor opción para todos”. Por último lanzó una risita mientras vociferaba que “soy la que los conozco mejor y ustedes lo saben”.

Pero algo estaba jodidamente mal. No podía ser que el “amigo secreto” dependiera de una sola persona… esa no era la idea! La gracia del juego es que cada uno se las ingenie para agradar al amigo que le tocó. La revelación de Julian cambiaba radicalmente las cosas, pues el hecho que Dorothy comprara todos los regalos significaba que la cosa no estaba funcionando, que quizás el “amigo secreto” debería quedarse por siempre en las tinieblas.

Julian abrió el segundo sobre con la esperanza que su contenido calmara los ánimos y pudieran terminar la tortura en la que se había convertido la reunión. Aparte Pandora, Barack y Finn todavía no habían abierto sus regalos y era injusto tenerlos esperando. Dentro del sobre había una tarjeta de identificación con la fotografía de Dorothy, pero bajo el nombre de Judy Black. Su pecho se apretó por la verdad que crecía dentro.

¡Dorothy Whitehead es una impostora! ¡Su verdadero nombre es Judy Black!  – gritó Julian mientras apuntaba a la afectada y exhibía la tarjeta con la mano en alto.

Judy comenzó a llorar. Mark se avalanzó contra ella, la sujetó de los hombros y le recriminó lo falsa que era. ¡Mentirosa! ¡Eres una mentirosa! Pepita se abrazó con Mero tratando de contener las lágrimas y Claude tomó varias veces de su bebida, intentando que la coca-cola le diera fuerzas para enfrentar lo que estaban viviendo. Barak y Finn se miraron el uno al otro, buscando  inutilmente una justificación a la crisis que se les había caído encima. La persona en la que más confiaban en el mundo no era la que había aparentado ser.

– ¿Y qué hay en el otro sobre? – preguntó Pandora a Julian, haciendo que todos se voltearan hacia él. Ya no lo miraban con miedo… el temor en sus ojos se había convertido en una extraña determinación. Se le empezaron a acercar, a rodearlo y hacerle pensar en lo peor.

Julian apretó el sobre que aún permanecía sellado con todas sus fuerzas, se abrió paso a empujones, golpeó involuntariamente su hombro en el marco de la puerta y, pese al tambaleo, corrió despavorido hasta la calle.

Sabía que ese tercer sobre era su única salvación.

– Si no lo revelo en el momento exacto, estaré perdido – se dijo a sí mismo mientras subía a un taxi.

– Al aeropuerto por favor.


2

Alguien debería hacer una película o un libro sobre wikileaks, pero onda universitarios, grupo de amigos o algo del estilo – dijo Alonso a altas horas de la madrugada. Su hermano gemelo, que dormía en la cama de al lado, no respondió.

Debe haberse quedado dormido– pensó – Mañana se va a levantar con la idea en la cabeza, creyendo que es suya…

Alonso sonrió.

Su primera “inception”.

 

—————————————————————————-

* también conocido como “amigo invisible” o “secret santa” en otras partes del mundo.

A veces sueño con una puerta

Lo voy a poner de la manera más simple posible: he recibido una sola pregunta importante a lo largo de mi vida. Me la hizo ella, sentados en nuestra banca favorita, mientras espiábamos el atardecer.

“¿Crees que haya vida después de la muerte?”

Y para poder explicar mi respuesta tengo que remitirme a un evento de mi infancia, inicialmente insignificante- ¡pero que resultó ser trascendental!- que trataré de relatarles con la mayor claridad.

Mi primer acercamiento a esa pregunta fue a los 10 años de edad, cuando todavía era un niño normal (o por lo menos eso creía). Mi gran amigo era un chico llamado Ben. Era un poco más alto que yo, venía de una familia adinerada y le gustaba el baloncesto. Pese a ello era un chico de buen corazón y me caía bien. Yo no era un chico muy popular, así que mi círculo social se limitaba a los vecinos de la cuadra o los otros chicos impopulares del colegio. Ben era el más aceptable dentro de todos ellos.

Él me dijo que fuéramos a ver a la Bestia.

Y aquí creo que es necesario hacer un alto. Seré muy sincero: yo también quería ir a ver a la Bestia. No quiero culpar a Ben por lo que pasó. Creo que los dos soñábamos con conocer a la Bestia, así que cuando Ben lo propuso no fue más que una extensión verbal de lo que yo estaba pensando. Digamos que él se atrevió a decir lo que por tantos años se atoraba en nuestra garganta.

La Bestia vivía en un apartamento un poco apartado del centro de la ciudad. Una vez Roger, compañero de clase, aprovechó un campamento nocturno para contarnos, con una enorme linterna alumbrado su cara, cómo había golpeado a la Bestia en un momento de singular heroísmo. Nadie le creyó ni una palabra, pero aún así esa noche descubrí que todos mis compañeros compartían el mismo sentimiento: debíamos ir a ver a la Bestia. No lo decían en TV, no era una obligación para contentar al viejito pascuero ni tampoco un castigo propuesto por los padres. Era un simple, común y directo deseo.

Nos paramos frente a la puerta de su apartamento y nos miramos el uno al otro. La puerta era la puerta más ordinaria del mundo: blanca y con una manija metálica. Miré la manija y me pareció tan fría. Ni siquiera sabía con seguridad que estuviera fría pues no la había tocado, pero debía estarlo. Detrás vive la Bestia y la Bestia tiene un alma helada que ensombrece hasta el más emocionado de mis latidos.  La contemplé por horas, paralizado por el miedo fui incapaz de abrirla.

Y podría haber quedado ahí, como una anécdota estúpida de niños. Es cierto que durante meses soñé con esa manija que no me atreví a abrir y me sentía horrible cada vez que recordaba esa puerta, pues me hacía pensar en un futuro que nunca podría vivir. No era más que un niño con miedo a la Bestia. Niños como yo abundaban en todos lados.

Luego la conocí a ella. Y ella lo cambió todo.

Se llamaba Bella, la vi por primera vez en el parque a la edad de 14 años. No sé como me atreví a hablarle. A veces pienso que ella me habló primero y que el recuerdo que tengo en mi mente no es más que una forma que tiene mi memoria para hacerme ver como un valiente. A fin de cuentas siempre he sido cobarde. ¿Será acaso que uno recuerda como le conviene? Así como soñamos lo que queremos ser, ¿recordaremos lo que quisimos haber sido?

Siempre vestía de blanco. Era su color. Ella fue la primera que me dio un segundo nombre. Solíamos hablar de temas irrelevantes, pero interesantes para ambos. Pocas veces había sentido tal conexión con alguien. Mientras hablaba sentía que sus palabras estaban escritas en algún lado y que más que decírmelas, me dejaba leerlas. Como si alguien hubiera escrito un cuento sobre nosotros y yo ya lo hubiera leído. Y no era un cuento cualquiera, era una historia cálida, tranquila y lejos de cualquier bestia.

Fue en una de esas conversaciones cuando me lo preguntó:

–          ¿Crees que haya vida después de la muerte?

Reflexioné un poco. No era una pregunta fácil. Supongo que mi condición de ateo me hace responder instintivamente un no. Súbitamente imaginé a la Bestia, así sin más. Y respondí.

–          No sé.

–          Yo si, de hecho lo recuerdo.

–          ¿Recuerdas qué?

–          Lo que hay después de la muerte.

Me quedé helado. ¿Qué quería decir? ¿Acaso esta chica ya había muerto una vez? Probablemente estuviera bromeando. Me sentí incómodo. Decidí seguirle el juego.

–          ¿Cómo puedes recordar eso?.

–          Es muy simple. Cuando era niña me lo cuestioné demasiado. Le preguntaba a mi mamá que había sido de mi antes de nacer, que donde había estado. Estaba convencida que uno existía siempre y que estar en este mundo era uno entre muchos. Me tiraba en el pasto a pensar en eso, incluso me imaginaba el lugar donde estamos cuando no estamos acá. Era capaz de verlo y creo que en verdad existe. Ahora no soy capaz de imaginarlo, pero cuando tenia 5 años había estado ahí hace tan poco que podía recordarlo.

–          ¿Es algo así como la reencarnación? ¿Qué tu vida es una serie de vidas?

–          Algo así, pero incluso creo que es más simple que eso. Existimos siempre. Eso es todo. No hay nada más, absolutamente nada más.

Mentiría si dijera que la comprendí. En verdad me pareció que le faltaba un tornillo. Después de su fugaz muestra de locura, conversamos un par de minutos más, nos despedimos y pensé que quizás nunca volvería a verla de nuevo. Pero una cosa es pensar y otra es olvidar porque en el fondo sabía que esa niña era un punto de inflexión en mi vida y que no quería olvidarla. Al día siguiente caminé hacia el parque y ella no estaba ahí. Supe que nunca estaría.

Años después de lo ocurrido me atreví a volver. Leí en el periódico que Bella había muerto.  La asesinaron unos perritos mientras les daba comida. La noticia fue revuelo nacional. Su repentino deceso me dio la valentía para decir “es mi momento” y caminar, por segunda vez en la vida, hacia la puerta de la Bestia.

Me planté frente a la puerta y noté que todo era  como lo recordaba. La única diferencia era que en vez de Ben, me acompañaba el recuerdo de Bella. Tomé la manija, estaba fría, tal cual como siempre había imaginado. Respiré profundo y sentí como si en otro lugar del mundo, un tipo igual a mí, estuviera también tomando la manija de la puerta. Como si de repente la mirada de ese tipo se perdiera y pensara que en otro lugar del mundo, había un tipo igual a él con la mano en la manija de una puerta.

No pude girarla, la manija estaba trabada. Intenté e intenté, usé todas mis fuerzas, pero no pude. Imposible. Esa puerta jamás iba a abrir. Me frustré un poco. Tantos años de cobardía para nada.

Miré la manija por última vez y salí.

Afuera nadie me esperaba.

—————————————————————

La Bestia sintió que dos niños estaban al otro lado de la puerta y se refregó las manos de emoción. “Por fin carne fresca”. Se puso al lado de la puerta, expectante. Apenas se abriera los atraparía y disfrutaría del dulce manjar que son los sueños de un niño.

Pero la puerta no se abrió.

“Cobardes” se dijo, se sentó en su sofá y pasó toda la tarde viendo series gringas con risas pre-grabadas (su favorita era friends).

Años después uno de los niños volvió. La Bestia miró por el rabillo de la puerta y se dio cuenta que ya no era un niño. El hombre tomó la manija y la Bestia se desesperó. Imaginó que en otro lugar del mundo, había otra Bestia idéntica a ella esperando que otro hombre, idéntico a él, abriera la puerta.  Pensó en que quizás esa Bestia también imaginaba que en otro lugar del mundo existía una Bestia idéntica a ella, esperando que un hombre idéntico al que ella esperaba estuviera a punto de abrir la misma puerta. Le entró pánico. Lo único que atinó fue a sujetar la manija con todas sus fuerzas. El tipo intentó abrir, pero no pudo. La puerta estaba trabada por la propia Bestia.

Cuando el hombre se fue la Bestia respiró aliviada, se sentó en su sofá y pasó toda la tarde viendo a unos hombres que habían grabado sus risas para repetirlas por siempre.

Mi nombre es Roman (notar que no tiene tilde)

Podrían haberme llamado Diego, Alonso, Pablito o incluso Sebastián. Pero no, mi nombre es Roman. Y eso  es algo que agradeceré al cielo  desde el 21 de Junio del 2010 y hasta el resto de mis días.

Creo, no sé bien por qué. Supongo que alguna mañana te levantas confiando en que existe algo poderoso allá arriba y después es imposible  sacarse esa idea de la cabeza. ¿De qué otra manera podría ser? Cada tarde asisto a  misa con religiosidad (con fanatismo diría Pedro, pero Pedro no sabe de lo que habla. Es mi amigo, ok,  pero eso no lo convierte en un existencialista alemán) esperando que la palabra alimente mi espíritu. A veces resulta, a veces no. Algunos días la hermosa dama de grandes ojos encargada de la colecta me regala una sonrisa, otros días apenas me mira. Durante tres  meses de la temporada pasada ni siquiera asistió a la iglesia. Cuando volvió hablando del amor blanco, la belleza de las flores rojas y el color azul del cielo imaginé que estuvo en Francia. No me lo dijo (nunca me ha hablado), tampoco me lo dijeron (nunca de ella me han hablado), simplemente lo adiviné. De vez en cuando el cura bromea acerca de lo precoz que son nuestros jóvenes, otras veces tan sólo se limita a hablar del barbón buena onda (así es como mi pequeñita solía apodar al hijo de Dios). A veces entra un perro en la segunda lectura, de repente va la anciana en silla de ruedas a recibir la comunión y a ratos siento que alguien me mira la nuca (y al voltear no veo más que silencio). Pero lo que siempre veo, cada día y sin falta, es a esa chica esperándome sentada a la salida de la iglesia.

No es que tenga un letrero con mi nombre y busque por todos lados con cara de taxista en aeropuerto. Pero sé que me espera. A mí. En un principio ni siquiera supe que estaba ahí. Después era inevitable no darse cuenta. Ni la lluvia ni los feriados la detenían. Cuando advertí su presencia me preocupé. He visto Taken.

Comencé a preguntar al resto de los fieles sobre esa chica. Según la señora del almacén la muchacha se hacía llamar Katie y venía de USA ( “u ese a” deletreó por si las dudas). Un día fue a comprar un paquete de servilletas y eso fue toda la información que le sacaron. Me dijo avergonzada que no entendía mucho el inglés. Gloria tenía otra versión. Me contó que la pilló en el parque paseando a un extraño perro de color negro (“no un negro de perro, más bien un negro de noche”) y que, a pesar de no haber hablado directamente con ella, se notaba un estupendo manejo del castellano mientras le leía fragmentos del periódico a su mascota. Dice que le llamó la atención que la chica siempre saltó en su lectura los nombres propios, como si al perro le importase más el crimen que el delincuente. “Le contaba el milagro, pero no el santo” bromeó Gloria con un aire de superioridad que nunca en su vida volvería a exhibir (no es precisamente de las más iluminaditas que conozco).

Hector fue más cauto. “Si sabes que te espera, mejor que la encares y le pidas una explicación”. ¿Pero iba a ser tan fácil? “Hey chiquilla, me esperas todos los días, algo que decirme?” No, no podía ser así. Llevaba toda mi vida esperando un misterio y ahora que estaba ante mis ojos no me iba a precipitar. Decidí hacer lo que todo buen ser humano haría: esperar que ella fuera la del primer paso.

Me llevé años en eso. La chica siempre estuvo ahí. Esperando. Un día que asistí a misa muy enfermo (resfriado del diablo) la chica se sentó en su banquita junto a dos tazas gigantes de té con limón, como invitándome a tomar junto a ella. Pero no lo hice. Me espanté. Ella parecía no saber que el té tiñe los intestinos. Cuando me ascendieron en mi trabajo adornó su banca con guirnaldas y serpentina. En el funeral de mi pequeñita se vistió de negro, como su perro, como la noche. Lloró (o por lo menos yo la vi llorar).

El 21 de Junio del 2010 la chica se decidió a hablar. Fue un Lunes luego de un fin de semana loco. Hace pocos días Chile había ganado su primer partido del mundial con un gol  en el último minuto. El país entero era un carnaval. Nunca he entendido mucho el futbol, así que poco puedo decir al respecto. No me cabía en la conciencia como podia generar tanta alegría  un pelado que estuvo en el momento justo y en el lugar exacto para empujar esa pelotita. Vi las imágenes en el noticiero y me pareció que el tipo ni siquiera se dio cuenta que lo hizo. Cerró los ojos y confió que ese movimiento espasmódico de su pierna hiciera el resto. Es chistoso ver como semejante acto, sin una causa más que el instinto, podía generar tamañas consecuencias (“Las cosas del futbol” hubiera dicho mi pequeñita).

Ella dejó su banca, se me acercó y  preguntó: “Señor, ¿su nombre es Roman?”

Mientras  asentía miré detenidamente su rostro y, al verlo rodeado de estrellas, descubrí lo que por tantos años sospeché y ahora me parecía inevitable: la quiero.

Y mucho.

——————————————————————————————–

PD: Yo cacho que nadie lo entendió. Igual tiene sentido. La lectura más trivial que le pueden dar es verlo como algo romantico. Pero no es para nada el objetivo de la historia (después que lo releí caché que se podía malinterpretar así) Aunque sois libres de interpretarlo como quieran. En BATIG existe la libertad de interpretación.

PPD: Traten de comentar si lo leen. Por último un “lo leí”. Así me dan ganas de seguir actualizando.

El de la camiseta del Chelsea

pedrito

Ése que ven ahí arriba en la foto no es otro que Pedrito. ¿Pedrito? Sí! ese inocentón niño con la mirada fija en el suelo, vistiendo su camiseta regalona (la azul del Chelsea), junto a su reducido grupo de amigotes.

¿No lo reconocen?

Vale, es cierto que han pasado sus años y que ya no es tan rubio, no es tan bajo y ya ni piensa en ponerse una camiseta de futbol (menos la del Chelsea), pero la verdad es que ése es Pedrito.

¿Quién lo diría?

Pedrito de seguro que no. Ustedes lo conocen, Pedrito no es de muchas palabras. De vez en cuando intenta dárselas de intelectualoide y ponerse a la altura de las circunstancias (en especial cuando Ana empieza con su estúpida manía  de comentar películas noruegas que nadie ha visto), pero todos sabemos que Pedrito no es capaz de hilar dos frases sin morderse la lengua. Pobre chico, es como si el contacto social le anestesiara la voz y le fuera imposible decir más que “mmm”, “ajá” y “dale” (y un “mmmm dale” cuando está inspirado).

Lo que pocos saben es que el año en que se tomó esa foto Pedrito ganó un concurso de ortografía.

¿Sorprendidos?

Le ganó la final a Kimi (el asiático que viste el uniforme del Milan), deletreando “connoisseur” sin siquiera pestañear. Al salir del concurso sus padres le compraron un helado de chocolate, mientras telefoneaban a la familia entera (incluido el tío Juanito que estaba en la clínica)  repitiendo una y otra vez la gran hazaña de su “querido y culto angelito”. Fue su mejor noche. Cuando se acostó en la cama sintió lo que nunca más en su vida experimentaría: orgullo de si mismo, la impagable sensación de saber que mañana sería un buen día.

Para eso estoy aquí, para defender a Pedrito. Porque detrás de ese caminar torpe, esas palabras necias, esa baba cayendo de su boca cada vez que se concentra, esa ropa manchada con ketchup y ese horrible sonido gutural que hace pasar por risa, hay una persona. Una persona valiosa.

Sé lo que estan pensando. Tienen en su mente el “numerito” que se mandó el otro día. No sean injustos.. el que no haya pecado que lanze la primera piedra! Fue extraño, lo admito. Fue embarazoso, se los concedo. Pero la manera con la comenzó a patear a ese pobre indigente en el piso no fue más que una calentura del momento. Para él no era de importancia que fuera un homeless, tampoco influyó en su conducta que el tipo estuviera pidiendo dinero en la calle. Su accionar no fue una expresión de clasismo o discriminación, fue un acto de rabia solamente. Fue un vago, pero bien podría haber sido un nazi, un padre de familia o el mismísimo David Beckham.  Es que eso de la lucha de clases no le va a Pedrito.

Una vez Pedrito pasó toda una noche mirando películas de Brad Pitt. Cuando me lo comentó me dijo que lo había hecho porque el tipo “la llevaba”. Yo le dije que Brad Pitt siempre hacía buenas películas. Él me dijo “y nosotros qué?” Yo: “¿Nosotros que qué?” Pedrito: “Pues qué hacemos?” Le dije que no sabía. Él me dijo “hacemos la vida”.

¿Por qué menciono esto? Porque creo que Pedrito sabe algo más de lo que aparenta saber. Es un imbécil, pero se cuestiona cosas sobre su existencia. No es alguien capaz de resolver un ejercicio aplicando el Teorema de Thales, tampoco sabe completar cuadrados. Pero aprecia una buena película, cuida de su perro y se gana el pan de cada día sin perjudicar a nadie.

Respeten a Pedrito por favor. Se los pido de corazón.

Sí! Ese Pedrito, el de la foto. El ingenuo de la cabellera rubia que nunca se imaginó que llegaría a ser lo que hoy lamentablemente es. El que dejó pasar sus días sin haber pasado por ellos, el que triunfó una vez deletreando elegantemente la doble “s”, el que sabe que nosotros hacemos la vida y Brad Pitt las películas. Ese Pedrito, el de la camiseta del Chelsea.