Chandelier (o La Inesperada Virtud de la Ironía)

Una de las cosas que me encantaba escribir en este blog eran los rankings con las mejores películas del año. Lamentablemente se me ocurrió la loca idea de hacer un doctorado en los USA y, con eso, comprometí todo mi tiempo a una causa noble y rebelde. Tiempo para al cine no había. Pasé años en la desdicha, mirando como el calendario se acercaba al final de Diciembre y yo sin post que ofrecerles. La gente me llamaba para preguntarme qué onda, el New York Times no sabía qué película recomendar, el pelado del Septimo Vicio tuvo que dedicarse a escribir libros (le quedó rebueno en todo caso), a Netflix no le quedó otra que producir contenido original y los videoclubes del mundo entraron en banca rota.

De las mil cuestiones que han pasado acá en Austin y que no les he contado de puro mala onda, quizás la más importante es que me cambié de casa. Y me cambié a cinco cuadras del cine más genial de la historia de la humanidad. Eso, sumado a que caché que Amazon prime (envidienme tercermundistas! jejeje) igual te permite ver peliculas, hizo que este 2014 viera las suficientes peliculas como para tirarme uno de esos rankings de aquellos (aunque con ciertas limitaciones que explicaré cuando sea el caso). Por muchos días me senté frente al computador para dar rienda suelta a mi imaginación y sorprenderlos con un regalo de Navidad que no se esperaban y que seguro agradecerían.

Pero no me resultó.

Por más que lo intenté, tropecé frente a la pantalla blanca reiteradas veces.

Había algo en mi mente que no me dejaba tranquilo. Película que se me venía a la cabeza era immediatamente desplazada por imagenes de una niñita de 11 años bailando irracionalmente en una habitación desolada.

Y, un poco para enterrar el demonio y poder quizás tirar el ranking en un próximo post, debo confesar algo. Discúlpenme cinéfilos del mundo, pero lo mejor que vi este 2014 no fue una película, ni una serie ni una obra de teatro. Fue el video musical de la canción Chandelier de la talentosa Sia.

Para el que no lo ha visto, acá le va:

Había escuchado la canción y me gustaba. Super pop, pero igual densa. Sia, un poco autobiograficamente, hablaba sobre sus addiciones al alcohol y drogas y que se sentía morir y bla bla bla. Lo típico. Buena la canción, pero tampoco era para tanto. Después de pura casualidad me topé con el video en youtube y me dejó profundamente impresionado. Creo que estaba tan impactado que lo vi unas 10 veces. Una tras otra. Sin parar.

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No voy a decirles lo obvio. Que la escenografía es hermosa, llena de detalles que gastaría horas en mencionar (las pinturas terroríficas en las paredes, los mensajes escritos en los cuadros, la figura estilo test de Rorschach en la ventana, el baño que nunca muestran, los adornos en el refrigerador y un LARGO etc… si con decirles que es PRIMERA VEZ EN MI VIDA que busco un video en HD a proposito, antes de Chandelier la alta definición me era innecesaria). O que la niñita (Maddie Ziegler, quien sale en un reality de niñitas bailarinas por acá en USA) es una bailarina/actriz de otro planeta, que hace ver una coreografia enfermantemente meticulosa como si la estuviera improvisando. Tampoco quiero detenerme en la calidad de la fotografia, que no sólo es bella si no que te transmite esa sensación de esa habitación tocó fondo y que se inunda en vómito y lágrimas, ni como el director se las ingenió para hacer creer que fue filmado todo el video en una sola toma. Quiero detenerme en otra cosa, en lo primero que pensé cuando lo vi.

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Si bien es cierto que la interpretación más obvia del video es que Maddie representa a Sia y, por medio del baile, nos muestra todos sus miedos, traumas y adicciones. Esa no fue la primera interpretación que vino a mi cabeza. Lo primero que pensé fue que estabamos presenciando a una niña que se ve obligada a ser adulto. Una niña que fuerzan a bailar, una niña que concluye su performance con reverencias falsas y sonrisa maqueteada. Una niña que se burla de los movimientos que le hace hacer su instructor, que se mofa del 1, 2, 3 que debe escuchar repetidas veces y que en la soledad de su habitación se sale de lo reglamentario. La infancia de una chica es destrozada por la adultez de nuestro mundo, por esas expectativas que la sociedad tiene sobre ella y que, como niña, no puede ni tampoco debería cumplir. Una niña que le impiden comer para que sea bella, que la obligan a practicar horas para bailar perfecto, que la hacen vivir en la inmundicia para que traiga la riqueza.

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En el video la niñita llora, come, sueña, se ilusiona, sufre, gruñe, ríe y hasta incluso intenta suicidarse con las cortinas (incluso se despide). Y nosotros estamos ahí mirandola. Somos la audiencia. Somos lo que prendemos el televisor para ver realities donde obligan a niñitas a bailar. Somos los que si alguien nos describiera ese traje de danza desnudo y esa peluca rubia immediatamente sexualizaríamos nuestro pensamiento en vez de pensar en la inocencia de una niña. Sia usa el mismo objeto que está criticando para criticar. Sia, eres muy bakan.

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Mañana SIA lanza su segundo video correspondiente a este disco. Con la mismísima Maddie bailando (y parece que acompañada de Shia “el carnivoro” Labeouf, pero eso tengo que confirmarlo). Ojalá no sea tan bueno. Quiero terminar mi ranking!

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Ya en casi nada creo

Hoy 17 de Septiembre del 2014 debo confesar
que ya en casi nada creo.

Ya no creo en la humanidad, ni en el futuro, ni en wikipedia, ni en la copia feliz del edén.
Ya no creo en Dios padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra.
ni en Jesucristo su único hijo, nuestro señor.
Ni siquiera en mí creo.
Ya no creo en que los errores puedan ser heterocedasticos y que eso que estoy pensando se distribuya normal.
Ya no creo en el offside, la poesía detrás de una rabona ni en un Chile campeón del mundo.
Ya no creo que Milo te hace grande.
Ya no creo en la melodías de los solos de violines de prodigiosos músicos checoslovacos,
ni en la voz áspera de Violeta,
ni que Juan Luis Guerra realmente quiera ser un pez porque dudo seriamente en que alguien dejaría de ser una leyenda de la música latina forrada en plata y talento para convertirse en un aburrido y resbaloso pez.
Súbitamente dejó de interesarme la literatura.
Ayer estaba inmerso leyendo mi libro favorito y
de repente las palabras se convirtieron en eso,
sólo palabras.
No había magia,
sólo un papel con trazos de tinta sin orientación aparente, mirándome.
Dejé de creer en el reciclaje, el pronóstico del tiempo y el contenido nutricional de todas las cajas de todas las estanterias de todos los negocios del mundo.
Dejé de creer en la raza humana cuando hace 19 años un niño me dijo que comiera no más la galleta que tenía en la mano porque estaba requete buena y después que la masqué resultó que era comida de perro y que no soy un perro, así que no me gustó.
Dejé de creer en banderas cuando me di cuenta que si uno entrecierra el ojo derecho y frunce la mirada como si fueran dibujitos 3D, no hay ninguna diferencia entre la de mi querido Chile y la de mi querida Tejas.
Deje de creer en la ciencia, en las artes, en la ingeniería y en el factor de seguridad con el que diseñaron el edificio donde me encuentro ahora mismo escribiendo.
Ya en casi nada creo.
Pero hay algo en que todavía creo.
No necesito países, gobiernos, sociedades, arte, ciencia, chocapic, dinero, historia, palabras, futbol, ni música para creerlo.
Una sonrisa.
Me basta ver una sonrisa para cambiar mi mundo.

El mundial y USA (destruyendo el mito)

Cuando llegué a Estados Unidos venía con muchos prejuicios, quizás demasiados. Tenía esa imagen de estar entrando a la capital del Imperio capitalista y que la gente era media tonta y  me iban a discriminar como si fuera un monito. Sin embargo no es nada así. Es cierto, sigue siendo la capital del imperio (pero para mi sorpresa Chile es más capitalista que Estados Unidos), siguen teniendo una política internacional que se escapa de cualquier comprensión humana, hay un par de personas tontas (como en todos lados) y yo parezco monito. Sin embargo, USA ha sido un país que me ha acogido con cariño y al cual le estoy muy agradecido. Sus políticos les cuentan mentiras, igual como nos cuentan a nosotros nuestros políticos, y justifican todo con esta idea del American dream, pero el ciudadano norteamericano, en general, es una persona justa, honrada, amistosa y buena onda.  Lentamente me he puesto medio gringo/mexicano. Ya no siento que la comida sea picante, me gusta mucho el desayuno, aprendí cómo se jugaba el football y hasta he cantado el himno.

(Me obligaron a aprenderlo en el colegio y cuando uno es niño mateo hace cualquier cosa por una nota)

(Aparte la canción tiene una bonita subida que me queda cómoda y aprovecho de lucir mi calidad vocal)

(Y la letra es bonita… y sería preciosa si fuera verdad)

(Igual hay que decir que yo encuentro espectaculares letras hasta en las canciones más ridículas…)

(“Planta una semilla, planta una flor, planta una rosa / Puedes plantar cualquiera de esas / Cuídalas / Cuídalas hasta ver cuál es la que crece / Es un secreto que nadie conoce / Es un secreto que nadie conoce / Mmmmbop / ba duba dop” )

(Es broma. No he cantado el himno jajaja. Quería puro verles sus caras. Me da pudor el sólo hecho de sabérmelo, ni me imagino cantándolo)

(Pero es verdad que me lo sé por culpa del profe de inglés del colegio)

(Y que tiene la subida bonita)

El mito más grande que he derribado en estas tierras es esa idea de que a los gringos no ven el mundial. Bueno, voy a ser muy sincero. Los gringos no están ni ahí con el futbol… pero están locos por el mundial. Antes del mundial todos se burlaban cuando les comentaba que yo jugaba futbol todos los sábados en la mañana y que mi fanatismo era tal que incluso tenía un equipo en el campeonato de la universidad. En Estados Unidos el futbol es un deporte de niñitas. Los niñitos juegan football y las niñitas soccer. Así de simple. Más de algún gringo me tiró la talla “ah buena… mi polola también juega eso” o “el equipo de mi hermanita chica está buscando rivales…” mientras ellos se vanagloriaban de disfrutar ese deporte tan rudo de pantalones apretados y hombreras a lo locomia. Como todo católico que se precie de tal, yo daba la otra mejilla y me aguantaba las bromas.

(Mentira. Los leseaba con que deberían cambiarle el nombre porque no es ni pelota, es un huevo, y además no se juega con el pie, se juega básicamente con la mano)

(Aparte ni soy católico)

Sobreviví casi dos años jugando y disfrutando mi futbol en este ambiente, en un principio, hostil. Entre medio conocí un par de gringos que seguían a su selección en las eliminatorias y por supuesto, infinitas personas de otros países que se enloquecían con el futbol igual que cualquier chileno (excepto el Jopi). Hay que decirlo, USA es el único país que no goza del futbol. Y sí, es cierto también, conocí a muchas gringas que jugaban a la pelota con una clase y talento que yo jamás podré igualar (y la mayoría de los amigos peloteros que tengo en Chile tampoco). Hasta me tocó jugar contra equipos de hombres que incluían un par de mujeres (totalmente permitido, incluso en los campeonatos).

La cosa es que llegó el mundial y los gringos enloquecieron (ver acá). Se llenaron de comerciales de futbol, la gente se apelotonó en los bares a la hora de los partidos, en mi departamento (el de ingeniería civil) habilitaron una sala con butacas (sí, leyó bien, butacas, na’ que sillas mulas) y pantalla HD que muestra todos, absolutamente todos, los partidos. Y no sólo eso, como que un día para otro todos los gringos se saben las canciones de su hinchada, saltan, gritan y proponen futbol como el tema ideal para conversar en el almuerzo. Todo el mundo me envía textos o mensajes cuando Chile gana (muy seguido), felicitándome y deseándome suerte. Mi Facebook está lleno de invitaciones a fiestas para ver el mundial. La emoción se siente en al aire cada día, y los alumnos ponen en streaming hasta el juego más inaudito (como los tres gringos que están ahora mismo disfrutando del Japón-Grecia mientras yo trabajo en el laboratorio de computación). Incluso mis compañeros más outsiders me preguntan cosas como “¿Es realmente Neymar un fraude?”, “¿Debió Klinsmann incluir a Donovan en su lista de 23?”, “¿Christianou or Messy?”, “¿Crees que USA tiene posibilidades de ganar el mundial?” (true story… una amiga me preguntó eso último, pero cuando vio mi cara de “really? En serio me estai preguntando eso?” se puso roja y dijo: “ya.. si sé que es difícil, pero uno siempre tiene la ilusión…”).

Uno.

Siempre.

Tiene.

La.

Ilusión.

Y acá mi análisis ya no tiene casi ni techo ni órbita que lo cobije. Los gringos no sólo aman el mundial, sino que sueñan con ganarlo algún día. Así tal cual. Igual que los chilenos, que siempre hemos tenido ese sueño. Y no sé, como que ahora uno se la cree. Porque esta selección está llena de jugadores que se creen el cuento. No es como en el 98 donde el discurso era que enfrentarse a Italia eran “palabras mayores” o en el 2010 con un Bielsa que dejó de atacar cuando se vio clasificado. Acá no se hace la diferencia con nadie. Se planteó un objetivo muy simple: juguemos con la mayor intensidad posible. Y eso están haciendo Vidal, Alexis y compañía (por cierto, Vidal y Alexis son los únicos jugadores chilenos conocidos internacionalmente, según mi humilde perspectiva luego de conversarlo con fanáticos de diversas culturas y procedencia).

Portadas de los periódicos gringos luego de la victoria de su equipo (fuente: @ussoccer )

Portadas de los periódicos gringos luego de la victoria de su equipo (fuente: @ussoccer )

Chile 3 – Australia 1

Ayer, mientras veía a Chile derrotar al campeón del mundo inapelablemente y con un coraje que jamás había visto, sólo tenía una cosa en la cabeza. Les va a sonar raro, lo sé, pero ya llevo como 8 años auto-humillándome en este blog contando las leseras que se me ocurren y una lesera más o una lesera menos, da lo mismo.  No podía sacarme de la cabeza el video de “el Tarro”. El video es más que una tonta caida. Es una imagen perfecta de lo que es la vida (y el futbol). Es el caminar de un hombre frente a la adversidad y el retrato de sus amigos incitándolo a sobrepasar cualquier obstáculo, incluso esos que ningún hombre podría lograr derrotar (a menos que fuera en una moto). ¿No es eso acaso el camino que todos seguimos? ¿No es nuestra vida más que una serie de saltos en bicicleta? ¿No son nuestros amigos los que nos apoyan desde el lado? Y, cuando ya creemos que no existe desafío que nos detenga, zas! nos caemos a tierra subitamente. Nuestra cara se llena de tierra y esa tierra solo se limpia con el arrastrar de nuestras lagrimas. Todo iba bien. Todo era superable. Un neumático, dos neumaticos, una plumabit, una bicicleta. Tarro lo supera todo. Pero si se fijan, si le ponen verdadera atención, en el último salto una de las ruedas golpea brutalmente el último obstaculo: un tarro. Una alegoria de que el maximo obstáculo que nos separa de nuestras metas somos nosotros mismos.

No he visto el video ni una, ni dos, ni tres veces. Lo he visto decenas de veces. Si hasta de repente me da por pausarlo y observar con tiempo lo que el dinamismo de la historia me oculta a simple vista. No se alcanza a apreciar en el video, pero no es difícil imaginar el semblante de Tarro los segundos antes de cada salto. Cabeza erguida, mirada fija, labios deshidratados y ese brillo en los ojos que, si pudiéramos hacerle un zoom, veriamos el destino de Tarro reflejado. Un hombre ante su destino. No es una hazaña titánica imaginarse qué es lo que está pasando por la cabeza de Tarro en esos momentos. ¿Lo lograré? ¿Es este mi momento? ¿Es mi naturaleza la que me lleva a esto? ¿Trascenderé? Quizás hasta se imaginó tirado en el suelo tragándose las lágrimas de su propio auto-inflingido fracaso. O, cabe la posibilidad también, puede que hasta se imaginó volando por los aires, para caer limpiamente del otro lado, donde una multitud enloquecida lo esperaba para bañarlo en gloria. Quizás hasta dejó jugar esa idea por un buen tiempo en su cabeza. Se imaginó siendo el campeón mundial de salto en bicicleta, la pelicula que harian con su historia y, quien sabe, hasta el gol que metería en la final del mundial. Ya lo dijo Neruda en su crepusculario: “Quiero saltar al agua para caer al cielo”. Aún así, la gloria de Tarro no estuvo en el éxito. Lo que lo hizo inmortalmente famoso es el hecho de no haberlo logrado. Millones de reproducciones en Youtube son fruto de la humillación, de esa maldita costumbre chilena de reirse del que ha fracasado. Pero este Tarro, ese Tarrito querido, ese niño chileno de las profundidades del campo, estoico emblema de una latinoamerica herida, recuerdo fugaz de esa infancia que muchos chilenos creíamos olvidada, sangre expuesta que nos hierve la nuestra, artífice de un dolor del que mucho se ha escrito pero nadie ha sabido expresar como él. Ese Tarro tiene las mismas ganas que esa selección chilena. Sin embargo, este equipo está convencido que no se tropezará consigo mismo. Veamos y disfrutemos con lo que se viene. Si no ganamos, a mi me basta con que hayamos querido ganar.

Chile 2 - España 0

Chile 2 – España 0

Miedo

Cuando era un niño, temía. De día me tiraba en el pasto a mirar el cielo y temía. Temía que mi mente se perdiera buscando ese lugar desde el cuál había venido, ese mundo en el que yo había esperado pacientemente el momento de nacer donde ahora estaba. Por la noche también temía. Despertaba en mitad de la noche y no tenía el valor de abrir los ojos. La oscuridad acechaba y yo… temía. Después crecí y le empecé a temer a otras cosas. ¿La más grande? Que había gente que no era feliz. Conocí un niño que no caminaba, una niña que comía de la basura, un perro ciego, un hombre esclavo y otros más que no quiero mencionar. Pero lo más aterrador era la gente que lo tenía todo y aún así lloraba por no tener nada. Un par de años después empecé a tener el que pensé sería el miedo más grande de mi vida: miedo a perder a quienes quieres. No. Miento. Era más grande el miedo a tener un miedo más grande que ése. Miedo a que existiera algo peor que la súbita desaparición de personas que no estabas preparado a ver desaparecer. Junto con eso también nació el miedo al fracaso. ¿Un poco viejo para conocer ese miedo? Sí, lo admito. No fue hasta muy tarde en mi vida que la opción de fracasar empezó a rondar en mi cabeza. Antes de eso, sólo logros. ¿Y ahora? ¿A qué le temo? ¿Le temo a la muerte? No  ¿Temo a morir sin haber logrado lo que quiero? Tampoco. ¿Temo que se me olvide? ¿Que mi pisada no marque la arena? ¿Temo ser uno más? Temo que al final de este párrafo me de cuenta que no hay arena y que lo que comienza aquí no cambia al mundo. Temo que las cosas que temo no son de temer.

Perro muerto

Frente a ese gran árbol de calor

el otro día me puse a pensar

en cuánto había dejado y si es bueno

recordar a todo eso que ya no está.

 

Y la respuesta no alcanzó a llegar

porque justo en medio de este cuento

apareció, ahí tirado, inerte

la fúnebre silueta de un perro muerto.

 

¿Cuántas personas pasaron sin mirar?

Y yo, impactado, no dejaba de soñar

con ese país, ya lejano,

donde un perro muerto algo ha de significar.

 

No siento particular remordimiento

por el hecho de haberme ido.

Lo que sí me molesta en demasía es

haber partido,

sin siquiera la intención de pagar

lo recibido.

Una sola palabra

Hace 10 años empecé la inútil tarea

de escribir un poema de una sola palabra

Y desde entonces no he tenido tregua

ni he conocido otro lugar

que no sea tu silueta abandonada.

 

Hace 5 años comencé a temer

que la palabra aquella jamás encontraría.

Y con el tiempo empecé a creer

que tú la tenías

Ahí, al final de tus labios, escondida.

 

¿Por qué no te la pregunté?

¿Por qué tontamente malgasté

10 años buscando lo que ya había encontrado?

Anoche me di cuenta, así sin más,

que el miedo a veces es mayor

el terror superior

y la palabra, tal vez, menor.

 

¿Y si no me gusta?

¿Y si después necesito una segunda?

¿Otros 10 años más?

¿Valdrá la pena gastar una noche

escuchando esa palabra

hasta que no pueda soñar?

¡Dímela!